En realidad, grabar el programa era casi como descansar, solo que con más gente metida en la casa.
Ese día Sania se levantó especialmente temprano. A las 8:30 ya había terminado de desayunar.
Mientras Evaldo seguía en el gimnasio, ella ya estaba caminando por el jardín para bajar la comida.
La capacitación de la vez pasada sí le había servido: controlaba las porciones en cada comida, comía poquito pero más veces al día, que era lo más sano.
Como media hora después, Sania sintió que ya había digerido y volvió a la casa a recostarse.
Justo en eso, Evaldo salió del baño.
—Amor, ¿ya terminaste de comer?
Sania se tocó la panza.
—Ya.
—Pero… ¿no se te está haciendo tarde para irte a la oficina todos los días?
Antes, a las nueve ya estaba en la empresa. Ahora se hacía el lento y a las diez ni siquiera había salido.
Evaldo soltó una risita.
—Ya me voy. Ah, por cierto… compré algo. Si tienes tiempo, lo probamos.
Los espectadores vieron la sonrisa sospechosa del hombre en el en vivo, y de inmediato empezaron a escribir.
[¿Qué compró? ¿No será una de esas cosas… de pareja?]
[Jajaja, el Sr. Camoso sí nos tiene confianza, ¿eh?]
Cuando los comentarios ya se estaban yendo por donde no era, por fin se vio lo que él traía en la mano: un estetoscopio, brillando con luz fría.
—¿Y eso para qué lo compraste? —preguntó Sania, curiosa.
—Vi en internet que con esto se escucha el bebé más claro.
Sania no supo qué decir.
—Te dije que hasta los cuatro meses se puede escuchar el movimiento del bebé.
Evaldo ignoró por completo la mirada de ella y se agachó junto a la cama.
Traía la camisa con el cuello un poco abierto. La nuez se le movía con la respiración, y así, con una rodilla en el suelo,

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