Al final, Sania no aguantó la mirada ardiente del hombre. Se quitó el cinturón del asiento trasero y, de mala gana, se pasó al copiloto.
Cerró la puerta y miró el perfil perfecto de Evaldo.
—Lo de hoy… gracias.
Evaldo sonrió, sin hacerse el humilde.
—Sí, lo de hoy sí me lo debes.
—¿De verdad ibas a pedirle perdón a esa tipa?
A Sania, sin saber por qué, le dio un gusto extraño que él llamara así a Noa.
—No iba a pedir perdón.
Evaldo soltó una risita.
—Bien. Pensé que eras de las que se dejan aplastar y todavía piden permiso.
Sania bajó la mirada hacia sus manos sobre las piernas.
—No soy así.
El olor limpio del hombre, como a pino, se acercó de golpe. Evaldo se inclinó y sus nudillos rozaron su vientre. Sania se quedó rígida, sin poder moverse.
Evaldo notó su tensión y curvó los labios.
Tomó el cinturón y lo cruzó por su cintura hasta abrocharlo.
Vio su oreja roja.
—¿Te da miedo que me la coma?
—Tranquila, solo te estoy poniendo el cinturón.
Sania se puso roja, acalorada, y no se atrevió a mirarlo.
Evaldo entendió que no debía presionarla. Pisó el acelerador con calma y siguió manejando.
Sania vio que iban rumbo a su casa. Miró la hora y habló con cuidado:
—Me puedes dejar aquí. Tengo que ir a la casa de retiro a ver a mi abuela.
Evaldo cambió apenas la expresión.
—¿Dónde está?
Sania le dio la dirección. Evaldo abrió el mapa.
—Voy contigo. Al fin y al cabo, ahora también soy su nieto político.

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