A sus ojos, ese era el mejor lugar al que Pilar podía ir.
Pasó un día entero antes de que Pilar le respondiera: [Está bien.]
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Roque iba vestido demasiado formal, y en la mano cargaba unos regalos.
—No te pongas nerviosa. La última vez tus papás se llevaron una buena impresión de mí. Si preguntan por lo del matrimonio, di que fui yo el que te endulzó el oído; no te van a echar la culpa.
Ramona no le contó lo de su amnesia, y mucho menos explicó que en realidad solo eran su tío y su tía.
—Sí… no estoy nerviosa.
Cuando abrieron la puerta, ella sonrió y los llamó con suavidad:
—Papá, mamá, ya llegué.
A Teodora se le apretó la garganta; hacía muchísimo que no escuchaba ese “mamá”.
—¡Ramona volvió!
—Dejo esto por acá, es un detallito. Disculpen la visita, no les avisamos con tiempo —dijo Roque.
A Braulio se le achicaron un poco los ojos. Miró a ese hombre educado, de modales finos y actitud sincera; parecía incluso más atento que la vez anterior.
—Siéntense, siéntense. No es ninguna molestia.
Cuando Roque se sentó, vio salir del estudio a un hombre. La mirada afilada, de arriba abajo, era tan evidente que casi cortaba el aire.
—Ramona, ¿él es tu hermano mayor, verdad? —preguntó Roque.
Lionel tenía la cara fría, como si la visita le cayera pésimo.
Braulio notó algo raro y le lanzó una mirada de advertencia a su hijo.
—Lionel, él es el novio de tu hermana.
—Tío, ya no soy su novio —corrigió Roque.
Todos se quedaron un segundo sin saber qué decir.
Roque, con toda calma, le tomó la mano a Ramona. Sus dedos largos se metieron entre los de ella y la apretó, dejando sus manos entrelazadas.
—Ahora soy su esposo. Hace unos días firmamos el acta; ya estamos casados.
Braulio se quedó helado, tan impactado que se le trabó la voz.

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