Cuando Ramona vio el resultado, se quedó tiesa.
¡Quería ir corriendo a ver a su hijo!
Pero Iván todavía no salía de clases. Si ella se aparecía de golpe y se lo llevaba, Roque iba a sospechar.
Tenía la cabeza hecha un nudo. Entonces recordó la propuesta que él le había hecho.
Se humedeció los labios resecos y marcó el número de Roque.
—¿Bueno? —la voz grave y atractiva le llegó por el auricular.
—Sr. Camoso… lo que me propuso antes, ¿sigue en pie?
Del otro lado, el hombre guardó silencio un momento, como si estuviera decidiendo de qué propuesta hablaba.
Luego, con tono neutro, preguntó, como si a propósito la obligara a decirlo:
—¿Qué propuesta?
A Ramona se le encogieron los dedos. Respiró hondo.
—Lo de seguir fingiendo que somos novios.
—¿Todavía quieres?
Roque sostenía el teléfono, sentado en su carro. A través del vidrio vio a la mujer con abrigo beige claro, hoyuelos en las mejillas y esa cara bonita que parecía no cambiar.
—Sí se puede.
Ramona soltó el aire, aliviada.
—Bien. Entonces… ¿hoy puedo ir a recoger a Iván a la escuela?
—Claro —Roque no le quitó la mirada a esa figura delgada a lo lejos—. Vamos juntos.
—Mándame tu ubicación. Paso por ti primero.
Ramona iba a decir que no hacía falta, pero pensó que no tenía caso rechazar el gesto.
—Va. Te mando la ubicación.
Ramona volvió a su carro. El punto era un centro comercial, a treinta kilómetros de donde estaba.
No tenía idea de que, a una distancia prudente, un sedán negro venía siguiéndola.
El chofer no entendía qué planeaba su jefe, pero no se atrevía a preguntar de más.
—Señor, ¿a dónde vamos?
La voz de Roque sonó fría, con un toque de diversión.
—Síguela.

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