Al final, pensó, tal vez sí se estaba preocupando de más. Una chica de veinticinco años, ¿qué le iba a pelear?
—Sani, ¿qué tal? Si quieres cambiar algo, dile a mantenimiento.
Sania sonrió apenas.
—No hace falta. Así está bien.
—Julián, ya se hizo tarde. Me voy. Ustedes sigan.
Tenía una cara inofensiva y una sonrisa dulce.
Julián también se mostró amable.
—Cuídate.
-
Sania salió de la empresa y se fue directo a la agencia. Sacó una X3… y, por más que le daba pena, la compró a crédito.
Ya como directora de un área, no se veía bien que siguiera moviéndose en metro.
Cuando Evaldo regresó, vio en el estacionamiento una camioneta blanca nueva.
—¿Compraste carro? —preguntó.
Sania asintió, todavía con el dolor en el bolsillo. Casi se gastó todo lo que tenía.
—Sí… compré.
Evaldo arqueó un poco la ceja.
—En mi cochera tengo varios. Puedes agarrar el que quieras.
A él le pareció demasiado sencillo.
Sania negó de inmediato.
—Señor Camoso, los suyos están demasiado caros.
Hasta el más “barato” que vio valía una fortuna.
Si ella manejaba eso, llamaría demasiado la atención.
En la empresa no quería que la menospreciaran por joven; tenía que verse más seria, más estable.
Y el carro también decía algo.
Evaldo sonrió.
—Está bien.
Sacó de su bolsillo una cajita.

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