Evaldo volvió después de la llamada y se encontró con la puerta… cerrada con seguro.
Le dio risa de coraje. Llamó a Lucía para preguntar por la llave de repuesto. Cuando la consiguió y regresó, venía decidido.
Ahora sí, no prometía portarse bien.
Pero cuando abrió la puerta del cuarto, vio el bulto bajo la cobija. Se acercó y notó que ella estaba dormida.
Evaldo le tomó la mano, suave, y la apretó apenas en la suya.
—Mi amor ya se me puso mañosa… ¿cómo te castigo?
Sania dormía a medias. Estas noches, el hombre la había traído con un cansancio brutal.
Y ella no quería convertirse en una jefa que llegaba tarde y se iba temprano, así que aunque le doliera todo, igual se esforzaba por ir a la oficina.
Por eso, esa noche cerró con seguro: quería dormir tranquila, de corrido.
No imaginó que Evaldo iba a abrir a la fuerza y meterse como ladrón.
Evaldo metió los dedos bajo la cobija de seda y la fue bajando despacio.
Sus dedos, fríos y con pomada, se movieron con cuidado. Él sonrió apenas.
Sus dedos se quedaron debajo de la cobija, pero sus ojos no se apartaron ni un segundo de la expresión de ella.
Sania tembló. Sintió un cosquilleo extraño por todo el cuerpo, entre susto y ganas.
Frunció el ceño y dejó escapar un quejido bajito.
Al verlo, la mirada de Evaldo se volvió más oscura.
De lo frío pasó a lo caliente, y Sania entendió que algo no estaba bien.
Levantó apenas los párpados. Sus ojos grandes se encontraron con los de él, enrojecidos.
—Ay, tú…
Evaldo se contuvo, con el cuerpo tenso.
—Cariño, no tengas miedo.
—Te estoy poniendo la pomada. Aguanta tantito.
A Sania se le encendieron las mejillas; se puso roja como si le fuera a hervir la cara.
—Evaldo, ¡me estás mintiendo!
Él se inclinó y le besó los labios, suave.
—No te miento. De verdad es solo… poner pomada.

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