Sania había llegado en el carro de Tatiana.
Se quedó afuera, en la entrada, abriendo la app para pedir un taxi.
Pero el lugar era tan apartado que nadie aceptaba el viaje.
De pronto, una mano se le posó en el hombro desde atrás.
Ese día Sania llevaba un vestido negro de tirantes. En cuanto sintió el contacto, se hizo a un lado.
Se cubrió con el bolso frente al cuerpo y soltó, dura:
—¿Qué quieres?
Sania no conocía a Jairo, pero su camisa desarreglada y las marcas rojas en el cuello dejaban claro que no era buena gente.
A ella, que siempre tenía la piel clara, se le fue el color. Miró hacia los guardias de la entrada.
Pero los guardias dieron un par de pasos atrás, como si no quisieran meterse.
Jairo sonrió, asqueroso.
—Señorita, no se me asuste. Solo quiero ser tu amigo.
Fue acercándose, sin esconder su deseo.
—Ya volvió la “mujer ideal” de Marco. Mejor cámbiate de patrocinador.
—Da igual de quién seas “consentida”, ¿no? Mejor conmigo. ¿Qué dices?
A Sania se le apretó el pecho; la sombra de lo que venía encima la dejó sin aire.
—¿Tú quién eres? —exigió—. ¡No sé de qué estás hablando!
Jairo disfrutó verla asustada con solo unas palabras.
Y más disfrutó su cara.
Con razón Marco la escondía tanto. Si él la hubiera visto antes, ya se la habría llevado a la cama.
Sania bajó la mirada para llamar a la policía.
Pero la diferencia de fuerza se notó al instante.
Él le arrebató el celular con una mano y con la otra le agarró el brazo.
—Llamar a la policía le quita lo divertido.
Sania gritó, desesperada, con el pelo pegado a la cara.
—¡Auxilio!
Quiso despertarles la conciencia a los guardias.
Pero era un club. ¿Cómo no iban a saber quién era Jairo?
Los problemas del hijo de la familia Lenso no los podían —ni querían— tocar.
Cuando Sania sintió que ya estaba perdida, una mano le rodeó la cintura y la jaló hacia un pecho cálido.


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