Evaldo creyó que ella se había quedado por ahí “divirtiéndose” hasta esa hora, y el tono se le notó agrio, celoso.
Sania no tenía fuerzas para explicar.
—Sí, se me hizo tarde. ¿No te dije que no me esperaras?
Su voz salió con un toque de fastidio, y eso solo empeoró el humor de Evaldo.
Era como si la celotipia se le hubiera metido hasta los huesos: por fuera se controlaba, pero por dentro se le iba enfriando el alma.
Evaldo le sujetó la muñeca.
—¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo algo?
A Sania le ardieron los ojos, pero era más cansancio que otra cosa.
—Perdón. Hoy ando de mal humor. Te hablé feo.
Evaldo asintió.
—Sí, me hablaste feo. Andabas impaciente conmigo.
—Pero te perdono.
Ese tonito suyo, medio insolente, le quitó a Sania hasta la última gota de tristeza que traía.
Pensó que un hombre como Evaldo, definitivamente, no se consumía por dentro.
—¿Quieres algo de comer? ¿Te hago una pasta? —preguntó Evaldo.
A Sania sí le rugía un poco el estómago. Ella nunca castigaba su propio cuerpo.
—Pasta sí, con pimienta negra.
Evaldo sonrió, con los ojos curvados.
—Va.
Sania fue al baño. Cuando salió, la pasta ya estaba lista.
Ella vio cómo Evaldo servía y acomodaba el plato con soltura.
—¿Antes cocinabas mucho?
—A veces. Cuando me canso de comer afuera, hago algo —respondió él, sincero.
Sania probó un bocado. Sus ojos, claros y grandes, se iluminaron.
—¡Está muy rica!
No se esperaba que Evaldo cocinara… y menos así de bien.
Él sonrió apenas.
—Si te gusta, come más.
Pero Sania tenía cosas atravesadas en la cabeza. A la mitad ya no le entró más.
—Guárdalo en el refri. Mañana me lo como de desayuno.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado