—¡Ahhh!
Noa soltó un grito agudo.
Aunque la mayor parte del agua le cayó a Marco.
Marco se levantó y, al ver que era Sania, se le transformó la cara.
—¿Sania, estás loca?
El cabello largo de Noa quedó empapado, pegado a la cabeza. Se veía patética.
Ella también se levantó, furiosa.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué nos echas agua?
Sania soltó una risa cortante.
—¿Se ponen a coquetear en mi cuarto y todavía preguntas? Se lo ganaron.
—Señor Casas, ¿tan tacaño? ¿No te alcanza ni para pagar un motel?
En los ojos de Marco se encendió algo.
—Estás hablando tonterías. Noa no vio algo en el piso y se cayó, nada más.
Noa se agarró de la mano de Marco, haciéndose la víctima.
—Sania, estás entendiendo mal. ¿Cómo crees que íbamos a hacer… eso… aquí de día?
—Marco solo quiso ayudarme y yo lo jalé sin querer.
Sania no tenía paciencia para escuchar cuentos.
—No me interesa su historia. Ya. Lárguense.
Marco apretó los dientes.
—¡Sania!
—No grites. Guarda energía. Para la noche, en la cama.
Los tres hombres que Sania había contratado entraron detrás de ella.
Sania señaló hacia abajo.
—¿Ven ese piano? Todo lo que esté a diez metros del piano, lo sacan y lo tiran.
—Y ese sillón también, afuera.
Luego, miró la cama con asco y sonrió con burla.
—Ah, y esta cama también. Da asco. Sáquenla.
Noa se puso nerviosa.
—¡No puedes tirar mi piano!
—¡Ese fue mi primer piano! ¡No puedes!
Sania cruzó los brazos.
—Mi casa no es basurero.

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