—Es muy probable que a Valerio de verdad no le guste que traigan celulares a la casa. ¿Te acuerdas de esa canasta en la casa que tiene un doble fondo? Mañana hazte la que me traes algún postre o botanita, envuelve bien el celular de Isabel y mételo ahí escondido —le dijo Erika.
—Si estos días saco a Isabel a dar una vuelta y de pura casualidad conocemos a algún muchacho que valga la pena, se lo presento, ¿pero cómo va a intercambiar números si no trae su celular? Además, todos se van a reír de ella si la ven sin teléfono —añadió Erika, temiendo que Penélope lo olvidara.
—Tienes toda la razón. ¿A qué hora te lo llevo mañana? —se apresuró a preguntar Penélope, dándole la razón tras pensarlo unos segundos.
—Mañana Valerio tiene junta de la mañana en la empresa. Aprovecha esa hora, como a las ocho y media. Entrégaselo al mayordomo así como si nada. ¡Pero no te olvides de apagarlo y envolverlo bien! —respondió Erika, luego de hacer una breve pausa.
Penélope asintió con la cabeza, sin poner peros. Solo entonces, Erika respiró tranquila.
Aquella canasta vieja tenía un fondo falso que casi ni se notaba. El mayordomo no se iba a poner a inspeccionar como si estuviera buscando espías.
***
En cuanto se fueron, Erika llevó a Isabel a la planta alta.
—¡No manches, Erika, de verdad que tienes demasiada suerte! Nada más con la recámara y el balcón, esto ya es casi del tamaño de nuestra casa —exclamó Isabel admirada, mientras curioseaba por toda la habitación.
—Tú también vas a tener suerte en el futuro —le dijo Erika, dedicándole una sonrisa sutil.
—Yo juraba que Valerio era súper cortante, pero viéndolo de cerca, se porta increíble contigo. Es un hombre súper atento, cuida todos los detalles. Híjole, qué envidia me das —le dijo Isabel al detenerse y sentarse junto a ella, aferrándose a su brazo.
Mientras hablaba, Isabel echó otra ojeada a la recámara casi por instinto. El inmenso ventanal dejaba ver el verdor del jardín, y el balcón abierto era tan grande como cinco de los suyos juntos.

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