Los dos guardaespaldas se miraron desconcertados.
Les dieron la orden de sacar a una mujer, nadie les avisó que estaba desquiciada...
Mientras ambos compartían miradas llenas de nerviosismo, Erika ya se había puesto de pie apoyándose en la pared.
Salió de la habitación con la mirada perdida.
Apenas cruzó el umbral, Ireneo corrió por el pasillo a su encuentro.
El abuelo se veía demacrado, y la miraba con una mezcla de preocupación e incertidumbre.
Ireneo le preguntó con la voz entrecortada:
—Mi niña... dime, ¿qué está pasando?
Erika lo miró a través de un velo de lágrimas y luego bajó la vista hacia los papeles médicos que le temblaban en la mano.
Hizo una pausa y dijo con voz tenue:
—Abuelo, él no me cree...
—Mi niña...
Ireneo intentó hablar, pero Erika se le adelantó:
—Abuelo... no se ponga triste. Ya habrá otra mujer que le dé bisnietos.
A Ireneo se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. Le palmeó el brazo con suavidad y trató de consolarla:
—Tranquila, mi niña, voy a hacer que este muchacho idiota repita la prueba. La haremos de nuevo, ya verás.
—No hace falta.
Apenas el anciano terminó de hablar, una voz helada resonó acercándose.
—Abuelo, no hace falta. Pediré que te lleven a casa para que descanses.
Valerio ya había llegado a donde estaban y, deteniéndose junto a ellos, se dirigió a Ireneo con firmeza:
—Abuelo, el coche ya está abajo.
Mientras hablaba, le hizo una seña a los guardaespaldas para que se llevaran a Erika.
—¡A ver quién es el valiente que se atreve a tocar a la mujer de mi nieto!


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