—Ay, a ver... entonces, Erika, ¿nada más lo perdonaste así como así? Bueno, pensándolo bien, es normal, ¿no? Siendo un hombre tan exitoso, seguro le llueven mujeres. Y ya ves cómo son los hombres, la verdad pocos aguantan la tentación cuando se las ponen enfrente. Pero, en serio, qué lista fuiste al no firmar el divorcio. ¡Hubieras salido perdiendo cañón! Ya divorciada es mucho más difícil volver a agarrar a alguien con este nivel. Total, todos los hombres son raboverdes, vale toda la pena hacerse de la vista gorda para seguir teniendo este nivel de vida.
Erika frunció el ceño. Había que reconocerlo: el descaro y la facilidad de palabra de Isabel parecían herencia directa de Penélope. Era aterrador lo igual que pensaban.
Aunque Isabel y Samuel eran mellizos, parecía que su nivel de madurez era como el agua y el aceite. Aun así, Erika no pensaba discutir con ella.
Al fin y al cabo, lo más seguro es que en el futuro no volviera a cruzarse ni con Penélope ni con Isabel.
Erika le dio el avión rápidamente, llevó a Isabel a su recámara de invitados y, una vez instalada, regresó a la suya.
Se sentó un ratito antes de meterse a bañar. Frente al espejo, se quedó observando su vientre; ya se le notaba bastante.
Mientras se bañaba, no dejaba de darle vueltas a la cabeza: tenía que decir o hacer algo para que Valerio bajara la guardia y dejara de dudar de ella. Solo así lograría poner en marcha su plan para largarse.
Absorta en sus pensamientos, se le pasaron casi treinta minutos bajo el agua. Cuando salió envuelta en la bata, se llevó la sorpresa de encontrar a Valerio sentado en el sillón.
El ruido de la puerta hizo que él volteara a verla. Erika, por puro instinto, se jaló el cuello de la bata para cerrarla y se metió de nuevo al baño. Se puso rápidamente la ropa interior y, ahora sí, salió despacio.
—¿Venías a platicarme algo? —preguntó Erika con un tono suave, tragándose todo el coraje que le tenía.

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