—Que me devuelvas mi bolsa y mi celular para que me pueda ir a casa. Eso es lo que importa.
Valerio la volvió a agarrar de la barbilla y habló con una voz cortante:
—Te lo he dicho ya tres veces: o te quedas aquí bien portadita, o te devuelvo a la delegación.
Mientras hablaba, un destello de determinación cruzó sus ojos, provocando que a Erika le recorriera un escalofrío.
Ella frunció el ceño, sintiéndose profundamente impotente.
¿Con qué derecho?
Cuando era su esposa, acataba todas sus órdenes.
Pero ahora, ¿qué eran el uno para el otro?
¿Con qué cara seguía dándole órdenes de esa manera?
En los ojos de Erika asomó una clara fatiga.
Estaba mentalmente exhausta, ya no tenía fuerzas para seguir peleando con él.
Simplemente lo fulminó con la mirada, manteniendo distancia física a propósito.
Sin embargo, la voz de Valerio retumbó de nuevo en sus oídos:
—¿En dónde está tu casa? ¿Acaso tienes casa? De no ser por mí, ¿tú crees que Penélope te dirigiría la palabra? Además, hoy te limpié el nombre, te saqué de problemas, y al segundo siguiente me das la espalda. Supongo que no es ninguna sorpresa que Penélope haya criado a una hija como tú.
Erika lo miró estupefacta, sintiendo cómo le ardía la sangre.
¿Acaso el tipo aprovechaba cualquier oportunidad para humillarla?
Si Penélope fuera su verdadera madre y él la menospreciara así...
¡Le habría arañado la cara sin dudarlo ni un segundo!


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