Erika se quedó sin palabras.
Al escuchar las palabras cargadas de ambigüedad de Valerio, sintió que el pánico la invadía.
Sentía el rostro arder, cada vez más caliente, como si estuviera frente a una fogata.
No se atrevió a moverse más, pues conocía muy bien el temperamento de Valerio. Lo que él decía, lo cumplía.
Resultaba sumamente irónico.
Estar sentada en sus piernas, entre sus brazos en una postura tan íntima, era algo sin precedentes.
En sus dos años de matrimonio, jamás habían tenido ningún comportamiento ni diálogo insinuante.
Y ahora, en medio de todo ese caos, ya ni siquiera sabía cuál de las dos ocupaba el lugar más humillante.
Al cruzarse Lorena por sus divagantes pensamientos, las emociones de Erika se desbordaron de golpe como una presa rota.
—Suéltame.
El tono de Erika fue glacial, haciendo que el ambiente se sintiera un par de grados más frío.
Valerio arqueó una ceja y, levantando lentamente la mano lastimada, le levantó la barbilla a Erika con un movimiento elegante, como si manipulara una valiosa obra de arte.
Con su mirada profunda, clavó los ojos en el rostro pálido y delicado de la mujer en sus brazos.
—Y si no te suelto, ¿qué?
Las palabras de Valerio brotaron lentamente, con una voz profunda y seductora.
Aunque la frase era simple, dejaba clara una actitud que no admitía rechazo.
Él acariciaba suavemente la barbilla de Erika, que permanecía forzosamente levantada.
El aliento del hombre, impregnado con un ligero olor a tabaco, le rozaba la mejilla y el cuello al hablar.
Erika sintió de nuevo que el corazón se le aceleraba, pero se esforzó por controlar su expresión.
No permitiría que se le notara nada.
Sin apartar la mirada, lo fulminó y forzó un tono de indiferencia:

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