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La novia Rechazada romance Capítulo 116

Carttal la abrazó por un largo momento, con fuerza, como si intentara contener el temblor que recorría su cuerpo solo con el calor de su pecho. La habitación estaba sumida en penumbras, apenas iluminada por la tenue luz del pasillo. Desde la planta baja, las voces y risas de los niños llegaban como un eco distante, casi ajeno.

Aslin tenía el rostro hundido en el pecho de su esposo. Escuchaba los latidos de su corazón, firmes, constantes, tan distintos al suyo, que retumbaba desbocado. Carttal le acariciaba la espalda con suavidad, tratando de reconfortarla.

—Fue solo una ilusión, Aslin —dijo en voz baja, casi como si temiera romperla—. Un recuerdo... nada más. Alexander está muerto. Arlettet le disparó. En el cementerio. Tú estabas allí. Lo viste.

Aslin cerró los ojos con fuerza. Sí, ella había estado allí. Había visto a Arlettet disparar sin dudar, había sentido la sangre de Alexander salpicarle las manos mientras él caía al suelo. Recordaba el peso de su cuerpo inerte, la mirada perdida, el silencio brutal que siguió al disparo.

Alexander había muerto. Lo enterraron. Ella misma había arrojado flores sobre su ataúd.

Y sin embargo… lo había visto hoy.

Aslin quería gritarlo, decir que no fue una simple ilusión, que había sentido su presencia con cada fibra de su cuerpo, que esos ojos dorados no podían pertenecer a nadie más. Pero entonces miró a Carttal. Él la observaba con una ternura infinita, con ese amor silencioso y constante que siempre le había dado.

Él no merecía ese miedo. No merecía sus fantasmas.

Respiró hondo. Se obligó a calmarse.

—Tienes razón —murmuró, separándose un poco de él—. Fue mi imaginación. Me dejé llevar por el susto.

Carttal le sonrió con alivio y le acarició la mejilla.

—Has pasado por tanto… es normal que a veces los recuerdos se confundan con la realidad. Pero estás a salvo. Él ya no puede hacerte daño.

Aslin asintió y fingió una sonrisa.

—Lo sé. Estoy bien —mintió.

—Los niños preguntaron por ti. Ven, vamos a cenar —le dijo, tomándola de la mano.

Aslin aceptó su mano y bajaron juntos las escaleras. El aroma a comida casera inundaba el ambiente: pan recién hecho, sopa humeante, mantequilla derretida. El comedor estaba cálido, lleno de risas y energía.

Noah le mostró un dibujo de monstruos buenos. Isabella cantaba una canción inventada. Liam hablaba emocionado sobre cómo había encontrado una roca en forma de corazón.

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