POV : Aslin Ventura
Justo cuando comenzaba a sentirme un poco más estable, más presente en esa cena rodeada de quienes me amaban —o al menos de quienes fingían hacerlo—, se escucharon unos golpes secos en la puerta principal. Unos toques firmes, seguros, pero breves. Nadie en la mesa se movió al principio, hasta que una de las sirvientas —Marina, creo— se apresuró por el pasillo en dirección al vestíbulo.
No le di importancia. Pensé que sería un mensajero o algún encargo olvidado. Pero entonces, la vi volver… con algo entre sus brazos.
Un ramo.
Un ramo de rosas blancas.
Marina lo traía como si fuera algo frágil, aunque en su rostro se le notaba la confusión. Se detenía a cada paso, mirando a su alrededor, como si esperara que alguien apareciera de pronto para reclamar lo que llevaba. Cuando entró al comedor, el aroma de las flores la precedió. Su perfume era suave, dulce, casi anestesiante. Todos nos giramos hacia ella.
—¿Y eso? —preguntó Soraya con su tono firme, cruzando los brazos con elegancia, pero sin perder la dureza que siempre llevaba en la voz.
Marina tragó saliva. Se detuvo a mitad del salón, visiblemente incómoda.
—No… no lo sé, señora. Lo dejaron en la entrada. Golpearon la puerta, y cuando la abrí… solo estaba esto en el suelo. No había nadie.
La tensión en la sala se volvió casi tangible. Todos se miraron entre sí, pero fue Soraya quien rompió el silencio.
—Ay, Carttal… —dijo, girándose hacia él con una sonrisa burlona y una ceja alzada—. No dejas de ser romántico con nuestra querida Aslin. Qué detalle más… delicado.
Y sin esperar respuesta, tomó el ramo de las manos de Marina y me lo extendió.
Yo lo recibí con una sonrisa automática, casi sin pensar. Mi corazón latía más rápido, y no sabía por qué. El ramo era hermoso. Las rosas eran de un blanco puro, casi fantasmal. Al tocarlas, sentí un leve estremecimiento. Frías, como si acabaran de ser arrancadas del hielo.
—Gracias —musité, apenas audible, mientras mis dedos se deslizaban entre los tallos y encontraban la pequeña tarjeta atada con un lazo de raso negro.
La abrí.
Y entonces… todo cambió.
No puedo esperar para volverte a tener en mis brazos, Belladona.
Las palabras eran simples, escritas con una caligrafía elegante, antigua. Pero mi nombre… Belladona… nadie me llamaba así. Nadie, excepto él.
Alexander.
Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. Un frío me recorrió la espalda, como si alguien hubiese abierto una ventana al invierno. Mi visión se nubló un momento, y no pude evitar que las lágrimas empezaran a correr por mis mejillas sin control. No. No podía ser. No podía estar pasando otra vez.
Me puse de pie de golpe. La silla cayó hacia atrás con un estruendo seco, y el ramo… el ramo cayó conmigo. Lo estrellé contra el suelo, con rabia, con desesperación. Las flores se esparcieron por todo el comedor como un mal presagio.
—¡Infeliz! —grité, con la voz quebrada—. ¡Desgraciado! ¡Déjame tranquila!
Me agaché y empecé a destrozarlas con las manos, arrancándoles los pétalos, aplastándolos contra el mármol, manchando mis dedos con el perfume que ahora se me antojaba repulsivo.
Los niños gritaban. Escuché a Isabella sollozar.
—¡Marina! —chilló Soraya, horrorizada—. ¡Llévate a los niños de aquí! ¡Ahora, tonta!
Vi de reojo cómo Marina corría hacia ellos, tomándolos entre sus brazos mientras trataba de calmarlos. Isabella no dejaba de llamarme. Noah parecía congelado. Y Liam… pobre Liam… se llevó las manos a los oídos, como si el caos lo rompiera por dentro.
Y entonces sentí unos brazos rodearme. Fuertes. Firmes. Familiares.
Carttal.
Me sujetó contra su pecho mientras mi cuerpo temblaba. Yo no podía dejar de llorar. No podía respirar. Me abrazó como si pudiera protegerme de aquello, como si su calor pudiera borrar el aliento de Alexander que volvía a colarse entre las grietas de mi mente.
—Shhh… tranquila, amor… tranquila… —susurraba, besando mi cabeza.
Pero yo no podía tranquilizarme.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La novia Rechazada