Aslin se cambió lentamente, como si cada prenda que se ponía la ayudara a recuperar un poco de control sobre sí misma. Eligió un vestido azul oscuro, de tela suave, que le cubría los brazos y le caía justo por debajo de las rodillas. Se recogió el cabello en una trenza suelta y se puso un poco de rubor en las mejillas para disimular la palidez. Aun así, sus ojos seguían delatándola.
Se miró una última vez al espejo antes de salir de la habitación.
Bajó las escaleras con pasos silenciosos, sujetándose del barandal como si el equilibrio aún le costara. A medida que se acercaba al comedor, las voces de su familia comenzaron a llegarle en murmullos. Voces cálidas, mezcladas con risas, el tintinear de cubiertos y el sonido lejano de una copa al chocar con otra.
Al doblar por el pasillo y cruzar el umbral del comedor, fue recibida por un estallido de alegría.
—¡Mami! —gritó Isabella, saltando de su silla para correr hacia ella—. ¡Viniste!
—¡Mamá! —la siguió Noah con una sonrisa que le iluminaba la cara, abrazándola por la cintura.
Incluso Liam, que solía ser el más reservado de los tres, se levantó y le sonrió con ese gesto tímido que tan solo usaba con ella.
Aslin se agachó y los abrazó a los tres, sintiendo por un momento que su mundo volvía a encajar. Que lo que había sentido en el sueño —esa oscuridad— no tenía lugar entre esas manitas pequeñas, esas voces dulces, esos ojitos llenos de amor.
—Gracias por esperarme —susurró—. Los amo, mis tesoros.
Los tres volvieron a sus asientos mientras ella avanzaba hasta la mesa, donde ya estaban sentados Carttal, el abuelo Cedric , y Soraya, con su eterna elegancia perfectamente cuidada.
—Aslin, cariño —dijo Soraya, con voz melosa pero cargada de esa atención aguda que nunca dejaba pasar un detalle—. ¿Te sucede algo? Estás pálida. Carttal nos dijo que te sentías enferma.
Los ojos de Soraya, verdes como el vidrio antiguo, la escudriñaban con delicadeza y desconfianza al mismo tiempo. Su manicura perfecta descansaba junto a una copa de vino blanco, y su sonrisa tenía algo que no terminaba de ser calidez.
Aslin negó con una suave sonrisa, tomando asiento junto a Carttal, quien de inmediato posó su mano sobre la suya bajo la mesa.
—No es nada —dijo en voz baja—. Solo una pesadilla. Pero ya estoy bien.

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