POV : Aslin Ventura
Desperté con un sobresalto. El primer rayo de luz apenas se colaba por las cortinas, pero mi pecho ya sentía el peso de la angustia. Me tomó un segundo ubicarme, reconocer la habitación, la manta sobre mí… y entonces, como una bofetada fría en la cara , la imagen de los ojos frios de Alexander regresó. El , estuvo aquí. En esta misma habitación. A centimetros de mí. Me beso .
Tragué en seco. No podía permitirme caer otra vez. No ahora. Tenía que dejar eso de lado, aunque por dentro me carcomiera el miedo. Me levanté de un salto y corrí por el pasillo, descalza, con el corazón latiendo como un tambor en mis oídos. Necesitaba ver a mis bebes . Necesitaba sentir que estaban bien .
Abrí la puerta de su habitación con rapidez, y ahí estaban. Mis tres pequeños, aún medio dormidos, con sus caritas suaves y sus ojitos entrecerrados. Corrí hacia ellos y los abracé fuerte, tan fuerte como si con eso pudiera protegerlos de todo el mal del mundo.
—Mamá… estabamos preocupados por ti anoche —dijo Liam , con esa vocecita que me rompía el alma—. ¿Ya te sientes mejor?
—Sí, mis amores —les susurré con lágrimas cayendo sin permiso—. Perdón por asustarlos. Mamá ya se siente mucho mejor. Esto no volverá a suceder, se los prometo.
Les besé las manitas una por una, como si al hacerlo pudiera borrarles el miedo. Ellos me abrazaron también, sin entender del todo lo que había pasado, pero con esa confianza absoluta que solo los niños saben dar. Me aferré a ese momento como si fuera aire a mis pulmones .
Un par de sirvientas entraron con suavidad, listas para ayudarlos a cambiarse, pero levanté la mano con firmeza.
—No, gracias. Hoy me encargaré yo. Solo asegúrense de que el desayuno esté listo cuando bajemos.
Ellas asintieron sin preguntar y salieron en silencio. Cerré la puerta y me volví a mis niños. Les quité el pijama, los metí uno por uno en la bañera, entre risas, espuma y juegos improvisados. Escuchar sus carcajadas me devolvía un poco el alma. Luego los vestí con sus ropitas favoritas y peiné con cuidado sus cabecitas. Me sentí útil.... Y por un momento, solo por un momento, eso fue suficiente.
Bajamos juntos al comedor. Ellos corrían delante de mí, riendo y peleando por quién llegaría primero. Y entonces lo vi. Carttal. Estaba de pie junto a la encimera, leyendo el periódico, con su traje oscuro impecable y una taza de café humeante entre los dedos. Serio, elegante, con esa presencia que llenaba el lugar sin esfuerzo.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Mamá ya se siente mejor! —gritaron los niños al unísono mientras corrían a abrazarlo.
Él los recibió con una sonrisa suave, besando a los tres en la cabeza. Luego levantó la vista hacia mí. Se acercó y sin decir palabra me besó los labios, un beso cálido, sincero.
—¿En verdad estás mejor, cariño?
Asentí despacio, abrazándolo, escondiendo el rostro en su pecho por un segundo. Quería creer que todo estaría bien. Que Alexander era solo un fantasma que podíamos enterrar. Pero Carttal me miró con atención. Sabía que algo aún me rondaba por dentro. Aun así, no dijo nada más.
Nos sentamos todos en el comedor. Las tazas y platos ya estaban servidos, el desayuno humeaba sobre la mesa, y por un rato intentamos ser una familia normal. Hablamos de cosas simples, como qué dibujo animado querían ver después o si podíamos hornear galletas en la tarde. Me aferraba a esa conversación para no pensar en lo demás.
—Papá, ¿vas a trabajar hoy? —preguntó Isabella , con la boca llena de panecillo.
Carttal asintió, dejando la servilleta sobre la mesa.
—Sí, tengo que terminar el nuevo contrato con los Caruso. Pero volveré temprano, lo prometo.
Los niños hicieron un pequeño coro de “sííí” y “bien”, sin saber que ese nombre, Caruso, me erizó la piel. No sabía por qué, pero algo en mi interior se tensó al escucharlo. Una punzada de desconfianza. Como si algo no encajara.
No lo dije en voz alta. No quería preocupar a nadie. Tal vez solo era el miedo hablando por mí. Carttal se levantó, besó nuestras frentes una por una y salió por la puerta, sentí ese mal presentimiento instalándose como una sombra en mi pecho.
Algo no estaba bien y lo sabia por mas que trataba de evitarlo esa espina no salia de mi pecho .
Me obligue a olvidar todas las preocupaciones y concentrarme en los niños .


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