POV : Tercera persona
Aslin forcejeó con todas sus fuerzas, cada músculo de su cuerpo tensándose con desesperación mientras sus dedos intentaban arrancar la mano que le cubría la boca. Pero Alexander era más fuerte. Su brazo la rodeaba con firmeza, inmovilizándola contra su pecho. El pánico le nublaba la razón. Pataleaba, se sacudía, pero sus esfuerzos eran inútiles. Su captor ni se inmutaba.
Y entonces, él la giró con un solo movimiento, rápido, violento. Aslin quedó de frente a él. La oscuridad reinante en la habitación apenas permitía distinguir su rostro, pero sus ojos... sus ojos brillaban. Un resplandor enfermizo, casi sobrenatural, reflejaba una locura contenida por demasiado tiempo.
Antes de que pudiera gritar, de que pudiera recuperar siquiera el aliento, Alexander se inclinó y capturó sus labios con los suyos.
El beso fue una invasión, una condena. No tenía dulzura, no tenía amor. Era una posesión marcada por la rabia, por la obsesión. Aslin trató de apartarlo, de empujarlo con las palmas de las manos contra su pecho, pero él no cedía. Sujetaba su rostro con ambas manos, inmovilizándola, manteniéndola atrapada en ese momento de puro horror.
—No sabes cuánto te he extrañado… —susurró contra sus labios, su voz rasposa, cargada de emoción contenida—. Todo lo que he tenido que sufrir… viéndote de la mano de ese imbécil que te robó de mi lado. Viendo cómo rehacías tu vida con él… mientras a mí me dejabas en el olvido, creyendo que estaba en esa tumba vacía…
Aslin sollozaba en silencio, sus lágrimas corrían sin control. No podía moverse, no podía gritar. Sentía el olor de su aliento, ese perfume que alguna vez le resultó familiar, ahora repugnante. Alexander volvió a besarla, y esta vez ella gritó en su mente, deseando que todo terminara.
—Pero eso… —continuó él, con una sonrisa torcida que podía sentirse en su voz—. Eso pronto acabará.
Se separó apenas unos centímetros de su rostro. Aslin pudo ver su silueta moverse, la tensión en su cuerpo, la forma en que sus dedos se cerraban con fuerza a los costados.
—Muy pronto, Aslin… —susurró con voz rota, como si cada palabra le desgarrara el alma—. Serás mía de nuevo… aun así no lo quieras.
Y la soltó.
Aslin cayó de rodillas al suelo, como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Su cuerpo temblaba, su garganta ardía con un grito que no podía salir. Apenas logró alzar la vista para ver cómo Alexander caminaba con tranquilidad hacia el balcón. El viento frío de la noche entró de golpe cuando él empujó las cortinas.
—¡Largo! —gritó ella con todas sus fuerzas, finalmente recuperando su voz—. ¡No te quiero en mi vida! ¡Déjame en paz!
Alexander se giró una última vez.
—Eso nunca, Aslin —respondió con una sonrisa torcida y la mirada bañada en un brillo enfermizo—. Tú eres mía.
Y sin más, tomó una cuerda que colgaba del barandal. Se la había preparado. La ató con precisión al metal y, sin mirar atrás, saltó por el borde con la agilidad de un espectro. Su figura desapareció en la oscuridad, dejando solo el sonido de la cuerda tensándose y el susurro del viento.
Aslin gritó. Gritó como si su alma estuviera siendo arrancada. Se arrastró hasta el balcón, pero ya no había nada. Solo la cuerda colgando, balanceándose en el aire como un péndulo macabro.


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