Carttal regresó a la habitacion con el corazón aún galopando en el pecho. Había recorrido cada rincón de la propiedad con sus hombres, gritado órdenes, revisado hasta el más mínimo detalle, pero no encontró nada. Solo el silencio… y esa maldita cuerda colgando como una sombra de lo que había sucedido.
Al cruzar el umbral de la habitación, sus ojos buscaron con desesperación a Aslin. Y entonces la vio, encogida en un rincón, temblando, pero esta vez no estaba sola.
Soraya se había arrodillado junto a ella. La sostenía con ternura, una mano acariciando su cabello mientras la otra envolvía sus hombros. Aslin lloraba desconsoladamente, y Soraya, con el rostro serio y una fuerza serena en sus ojos, murmuraba palabras suaves, casi como un rezo.
—Shh… tranquila… ya pasó —le decía con voz dulce—. Estoy aquí, Aslin. Te creo. Yo sé que no estás loca… Yo sé que fue real. Él está vivo, y lo vamos a encontrar.
Carttal se detuvo en seco al ver la escena. Su rabia se disipó por un momento, sustituida por algo más profundo: impotencia. Había fallado en protegerla. Ella estaba rota, temblando en los brazos de alguien más, y él solo podía quedarse quieto, mirando.
Soraya alzó la vista y lo vio. Le dedicó una mirada firme, de esas que no necesitan palabras para hablar. Se puso de pie con cuidado, ayudando a Aslin a sentarse sobre el sofá, envolviéndola con una manta.
—Déjala descansar un poco. —dijo Soraya a Carttal mientras se acercaba a él— El abuelo Cedric y yo nos iremos por ahora, pero volveremos al amanecer. No la dejes sola esta noche. Ni un segundo.
Carttal asintió en silencio. Soraya fue a buscar a Cedric, quien ya esperaba en la puerta con el rostro sombrío. Ambos se marcharon sin hacer ruido, como sombras entre la noche.
Una vez que la puerta se cerró tras ellos, Carttal caminó lentamente hacia la sala. No encontró a Aslin en el sofá. Por un instante, su corazón se aceleró de nuevo… hasta que escuchó el sonido del agua corriendo.
Se acercó al baño y empujó suavemente la puerta entreabierta.
Allí estaba ella.
Aslin se había metido en la bañera, con el cuerpo sumergido hasta los hombros y el cabello empapado cayendo sobre su rostro. El vapor del agua llenaba el aire, pero no bastaba para esconder el temblor de su piel. Sus ojos, rojos e hinchados, estaban fijos en la nada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como si quisiera protegerse de algo que no podía ver… pero que sentía.
Carttal se acercó despacio, sin decir una palabra. Se arrodilló junto a la bañera y la miró con una tristeza que le apretaba el alma. Ella lo vio, y sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.
—Carttal… —susurró con voz débil.
Él no lo dudó. Se quitó la camisa empapada de sudor y se metió con ella en la bañera, sin importar la ropa ni el frío. La envolvió con sus brazos fuertes y la atrajo hacia él. Aslin se aferró a su cuello, sollozando contra su pecho, buscando en su calor un refugio.
—Estoy aquí… —le murmuró él, con voz grave, mientras acariciaba su espalda— No vas a estar sola nunca más. Te lo prometo.
El agua se movía apenas, tibia, silenciosa. Solo sus respiraciones se escuchaban, entrecortadas, pero sincronizadas.
Pasaron varios minutos así, abrazados en la bañera, hasta que Aslin rompió el silencio con un hilo de voz:
—Los niños… ¿Están bien?
Carttal la miró con suavidad, apoyando su frente contra la de ella.
—Sí, amor… Están bien. Están con Marina . No vieron nada. Pero seguro están asustados… —pausó un momento, besando su frente con ternura—. Iremos a verlos. Pero no ahora. Primero tienes que dormir. Cuando despiertes, iremos juntos, ¿sí?
Aslin asintió débilmente. Aún le temblaban los labios, pero su respiración comenzaba a calmarse. Cerró los ojos por un momento, sintiendo el latido del corazón de Carttal, fuerte y constante, como si pudiera sostenerla incluso en medio de su tormenta.
Y por primera vez en horas, Aslin se permitió sentir algo parecido a la paz.



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