El camino de regreso a casa fue silencioso. Los niños, cansados por la corrida y aún confundidos por la repentina salida del parque, dormitaban en el asiento trasero mientras el sol descendía lentamente, tiñendo el cielo con tonos anaranjados. Aslin no dijo una palabra. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, y sus ojos no dejaban de mirar por los espejos, como si esperara ver aquella figura de nuevo, agazapada entre los árboles o caminando por la acera con esa misma sonrisa cruel.
Al llegar, ni siquiera entró por la cocina como solía hacerlo. No saludó a las niñeras, no respondió a los niños que preguntaban si podían ver caricaturas. Subió las escaleras como una sombra y se encerró en la habitación principal. Cerró la puerta con cuidado, pero la cerradura hizo un clic que retumbó en sus oídos como un disparo. Se quitó los zapatos, las gafas de sol, y sin cambiarse de ropa, se recostó sobre la colcha clara de lino, mirando el techo sin realmente verlo.
Estaba perturbada.
Pero más que eso… tenía miedo.
No era el tipo de miedo fugaz que se siente al ver una sombra extraña en la noche o al escuchar un ruido inesperado. No. Este miedo era antiguo. Un animal dormido que había despertado dentro de ella con un zarpazo brutal. Le ardía el pecho como si le hubieran abierto una herida vieja que creía cicatrizada.
No podía dejar de pensar en esos ojos. En esa sonrisa. En la presencia pesada que parecía envolver el parque cuando él apareció. Su mente se debatía entre la incredulidad y el horror. ¿Cómo podría estar vivo? El entierro había sido real. Ella lo había visto... muerto. Había asistido al funeral con las piernas temblando y el corazón entumecido por una mezcla de alivio y culpa.
“Tal vez fue un error. Tal vez fue otra persona que se le parecía…”
Pero no. No lo era.
Era Alexander.
Y con solo verlo —con solo imaginarlo allí, de nuevo— todo lo que Aslin había logrado construir se tambaleaba como un castillo de arena frente a la marea.
La habitación fue oscureciendo a medida que el día moría. No encendió ninguna lámpara. Solo se quedó allí, acostada, abrazándose a sí misma, sintiendo cómo las sombras la arropaban en silencio. Las risas de los niños rompieron la quietud al poco rato, y el sonido grave y cálido de la voz de Carttal llenó el aire. Él había llegado. El auto, las risas, los pasos por el pasillo. Todo volvió a su curso.
Menos ella.
Aslin no se movió.
La puerta se abrió con suavidad, dejando pasar un rectángulo de luz cálida al interior de la habitación.
—¿Aslin? —La voz de Carttal era baja, preocupada—. Amor… los niños me dijeron que estuviste enferma. ¿Qué pasó?
Ella apenas se incorporó un poco, apoyándose en los codos. Sus ojos estaban vidriosos, su rostro pálido y el cabello algo desordenado.

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