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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 332

Paola la miró de reojo, pero no le contestó y siguió limpiando. La Señora Romano le había dejado muy claro que no debía cruzar palabra con esa mujer.

Además, Paola había escuchado los rumores. En su pueblo, a una mujer como Esther la llamarían rompehogares, una cualquiera a la que la gente terminaría apedreando o ahogando en insultos.

En silencio, Paola se arrastró por el suelo para alejarse de ella.

Esther notó el desprecio en sus ojos y casi explota de rabia. ¿Desde cuándo una simple empleada doméstica se atrevía a mirarla por encima del hombro?

Apretó los puños, conteniéndose. Llevaba días observándola y sabía que Paola atravesaba una crisis financiera brutal. Y la gente desesperada por dinero era muy fácil de controlar.

Cambió su tono por uno más empático y melancólico:

—Es una lástima, ¿verdad? Una niña tan inteligente, con un futuro lleno de posibilidades... Qué tristeza que no todas las niñas tengan la oportunidad de crecer sanas y llegar a ser grandes mujeres.

La semana anterior, Esther había escuchado a Paola en una videollamada con su hija. La niña necesitaba una cirugía urgente, pero Paola ya se había gastado todos sus ahorros en los tratamientos médicos previos. Su exesposo, considerando a la niña una carga inútil, las había abandonado y pedido el divorcio. Al colgar la videollamada, Paola no había parado de llorar.

—Te daré dinero si haces un trabajo para mí —dijo Esther sin rodeos.

Paola vaciló. Había un destello de tentación en sus ojos, pero la desconfianza era mayor. Su instinto le gritaba que no se fiara de una mujer como ella.

—Tranquila, no te pediré que mates a nadie ni que cometas un crimen. Solo necesito que digas una pequeña e inofensiva mentira —Esther le hizo un gesto con el dedo—. Acércate. Si haces lo que te digo, doscientos mil pesos serán tuyos.

Al pensar en su hija sufriendo en una cama de hospital, Paola sintió que el mundo se le venía encima. Aunque detestaba a Esther, la oferta era clara y, al parecer, no lastimaría físicamente a nadie.

Atrapada por la necesidad, asintió lentamente.

Una sonrisa perversa se dibujó en los labios de Esther. Ese dinero era parte de lo que le había sacado a Regina Guerrero la última vez; aún le quedaba bastante. Soltó un suspiro irónico al pensar en lo patética que era su situación. Ella, Esther Garza, ¿cuándo en su vida había tenido que preocuparse por el dinero?

En ese momento, la Señora Romano cruzó la puerta de entrada. Esther cambió de actitud en un segundo y corrió a recibirla, tomándole el bolso con exagerada devoción.

—¡Señora Romano, qué bueno que llegó!

La mujer mayor apenas le dirigió una mirada, tratándola como si fuera un mueble más.

Esther no se inmutó y le hizo una seña rápida a Paola.

La sirvienta tragó saliva y, armándose de valor, se acercó tartamudeando.

Capítulo 332 1

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