Siguiendo la pista, la Señora Romano miró al cesto y descubrió los pedazos de papel rasgado; eran los restos del examen médico de Manuel.
Por mucho que le repugnara tocar la basura, este asunto concernía al linaje y el futuro de su hijo. Tragándose el asco, metió la mano al bote y empezó a sacar los trozos de papel uno por uno.
Con tan solo leer unos cuantos, las palabras "diagnosticado con infertilidad" se le quedaron grabadas a fuego en la retina.
La Señora Romano perdió todo el color, como si le hubiera caído un rayo.
Pero lo que terminó por quebrar su poca cordura fue darse cuenta de que, por detrás del papel, había un asqueroso gargajo pegado. Esa plasta húmeda y viscosa le rozó la delicada palma de la mano. ¡Le revolvió las tripas enteras!
Dio un grito agudo, y sacando toallitas húmedas como loca de su bolso, comenzó a tallarse el dorso y la palma hasta gastarse el paquete entero. De tan furioso que fue el lavado, hasta se despellejó un poco la piel.
—¡¿Qué demonios significa esto?! —Tras haber recuperado el aliento por la asquerosidad, regresó arremetiendo a preguntas—: ¡¿Por qué mi hijo es infértil?!
—Según el historial médico del Señor Romano, tuvo una herida en la zona baja de la espalda. Cuando un corte de arma blanca es así de profundo, se corre el riesgo de dañar los nervios que regulan las funciones viriles, pudiendo llegar a generar esterilidad... Aunque en este caso... —Antes de que el médico pudiera terminar la frase, la Señora Romano se puso de pie de golpe.
¡Todo era culpa de esa maldita desgraciada de Eliana!
Cerró con un estruendo su bolsa de piel de cocodrilo, valorada en miles de pesos, y sus tacones empezaron a repicar furiosamente por el suelo mientras caminaba a toda velocidad.
El doctor meneó la cabeza mientras la veía desaparecer a la distancia.
De verdad, tanto madre como hijo eran idénticos. A los dos les encantaba salir huyendo antes de escuchar la versión completa de los hechos.
Lo que él quería decirle era que, aunque Manuel presentara espermatozoides inactivos, no había perdido su virilidad; lo que significaba que el origen del problema definitivamente no era esa puñalada.
Para este punto de la historia, la Señora Romano no tenía la más mínima idea de que Eliana era en realidad la nieta de Don Octavio. Había escuchado el chisme sobre la familia Guerrero recuperando a su heredera perdida, pero como no había asistido a aquel banquete, no lo había presenciado.


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