Ese tono hizo que a Esther se le helara la sangre. Sabía perfectamente que, si caía en las manos de Ricardo, su vida se convertiría en una pesadilla insoportable.
Pero lo que realmente la dejó atónita fue la descarada habilidad de Manuel para mentir sin pestañear.
La información que le había dado a Ricardo era una mezcla tan perfecta de verdades y mentiras que resultaba increíblemente convincente.
Si ella no hubiera sido parte de toda esta farsa desde el principio, seguramente se habría tragado el cuento. Se dio cuenta de que había subestimado a Manuel de la peor manera posible.
En el pasado, la versión de Manuel que ella conocía era la más dulce y sumisa. Incluso cuando empezó a odiarla, sus emociones siempre fueron crudas y fáciles de leer.
Pero ahora, al verlo manipular a Ricardo con esa sangre fría, distorsionando la realidad con tanta facilidad, un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Sin embargo, la mente de Esther giró rápidamente y captó un detalle crucial:
Manuel no le había dicho a Ricardo que Eliana era su verdadera hermana, la niña perdida que estaban buscando.
Llegó a pensar que, dado que Manuel no paraba de gritar a los cuatro vientos lo mucho que amaba a Eliana, este revelaría la verdad para que los hermanos pudieran reunirse por fin.
Al parecer, el gran "amor" de Manuel no valía ni un centavo.
Esther sintió que aquella lágrima solitaria que había derramado por él minutos antes había sido un completo desperdicio.
Ahora veía a este hombre por lo que realmente era: sin importar a quién dijera amar, en el fondo solo se amaba a sí mismo.
Aún así, no le quedaba más remedio que seguirle el juego; de lo contrario, si Ricardo descubría la verdad, ella no viviría para contarlo.
Aunque todavía podía usar el bebé como excusa para buscar la protección de la familia Romano, ahora sabía que no podía confiar en nadie. Debía tomar el control de la situación.
—Ricar... Señor Garza —murmuró Esther, mordiéndose el labio y fingiendo pánico—. Aún conservo fragmentos de memoria sobre el accidente de auto de aquella vez. Recuerdo vagamente que su verdadera hermana tenía una marca de nacimiento, pero los detalles están borrosos. Necesito tiempo para intentar dibujarla con exactitud.
Ricardo miró a la mujer frente a él, a la que había consentido durante veinte años como a su hermana menor. Cuántas noches habían pasado juntos llorando y recordando a sus padres.
Ricardo se hizo cargo del imperio familiar desde muy joven. A lo largo de innumerables crisis y noches oscuras, fue el consuelo mutuo con la que creía su hermana lo que lo mantuvo a flote.

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