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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 397

La señora Romano se quedó helada ante la violenta reacción de su hijo.

En realidad, lo había dicho en un arrebato de ira. Aún sentía punzadas de dolor en el pecho por la patada que le había dado César la última vez. Ahora que conocía la verdadera identidad de aquel hombre, no tenía el valor de ir a buscarle problemas a Eliana.

Si llegaba a provocar a César de Soto, las represalias caerían sobre los negocios de la familia Romano, y ellos no tendrían forma de sobrevivir a ese impacto.

Estaba tan acostumbrada a actuar como la reina del mundo que podía contar con los dedos de una mano a las personas frente a las que debía agachar la cabeza. Ahora, Eliana se había sumado a esa lista. Le hervía la sangre de rabia, pero era completamente impotente contra ella.

Mientras su familia dependiera del favor de César, tendría que meterse el orgullo en el bolsillo.

Resoplando de frustración, salió al pasillo del hospital, sacó su teléfono y comenzó a hacer llamadas frenéticas, decidida a organizarle citas a ciegas a Manuel con candidatas de la alta sociedad.

El remedio más eficaz para olvidar un amor pasado era encontrar a la siguiente.

Con la señora Romano afuera, Esther y Manuel se quedaron a solas en la habitación.

—¿Qué esperas para largarte de aquí? —soltó Manuel con voz débil, pero destilando veneno.

Esther, viéndolo tan vulnerable en la cama, se armó de valor. Se sentó al borde del colchón y le dijo con un tono lastimero: —Manuel, ¿por qué sigues obsesionado con Eliana? Recuerda lo felices que éramos tú y yo. Cuando nazca nuestro bebé, podremos construir una vida hermosa juntos. ¿No te parece?

—Tú sabías perfectamente que ella era la verdadera Ei-ei. Y sabes muy bien por qué estuve tan aferrado a ti. No le llegas a Eliana ni a la suela de los zapatos. ¡Por tu culpa! ¡Todo esto fue por tu culpa, por ti la perdí! —La mirada que Manuel le dirigió a Esther era la misma que le daría a un montón de basura.

Aunque Esther había usurpado la identidad de Eliana, había sido criada entre sedas y privilegios desde pequeña, moldeada por los mejores recursos. Podía no tener talentos excepcionales, pero tenía su propio orgullo, especialmente frente a Manuel, quien antes la trataba como si fuera el centro del universo.

La mirada de desprecio de él fue como una bofetada.

—¿Que no le llego a los talones? Si soy tan poca cosa, ¿por qué mientras estabas casado con ella volabas al extranjero para verme? ¿Por qué la dejabas sola en plena noche para venir a hacerme compañía? ¿Acaso yo te puse una pistola en la cabeza para que hicieras todo eso? —Las palabras de Esther se clavaron directamente en la herida abierta de Manuel.

—¡Lo hice porque tú estabas usurpando su lugar! ¡Todo ese amor y devoción le pertenecían a ella! —bramó Manuel, temblando mientras intentaba incorporarse en la cama.

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