—¡¿Qué demonios te pasa?! —rugió Manuel, que ya estaba bastante alterado, perdiendo por completo los estribos.
Pero al segundo siguiente, la puerta de la habitación fue empujada con una fuerza brutal y la figura alta y glacial de Ricardo Garza apareció en el umbral. Su voz resonó grave, destilando un peligro inminente: —Manuel. Esther.
Estaba al borde de estallar en un ataque de furia incontrolable.
—¿Alguien me puede explicar qué carajos está pasando aquí? ¿Eh?
Ese último "eh" venía cargado de una intención asesina tan evidente que a cualquiera se le pondrían los pelos de punta.
—Tú... ¿qué haces aquí? —tartamudeó Manuel, aterrorizado y confundido.
Era un domingo por la mañana, en un hospital público, ¿cómo diablos había llegado Ricardo a la puerta de su habitación?
Al notar que la primera reacción de Manuel fue de pánico y reclamo, Ricardo encajó las piezas al instante. Manuel seguramente había encontrado a Esther hacía tiempo y se lo había ocultado a propósito.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Manuel se arrepintió de su impulso. Pero tampoco se le podía culpar; cualquier persona que viera a Ricardo irrumpir así se habría quedado sin palabras del susto.
Para entender por qué Ricardo estaba ahí, había que retroceder un par de horas.
Últimamente, además de buscar a su verdadera hermana, Ricardo había estado tratando de localizar a la mujer con la que tuvo una noche de pasión en un hotel y que había desaparecido sin dejar rastro.
Según su experiencia, cuando una mujer planeaba un encuentro tan meticulosamente y luego huía, casi siempre era una táctica para hacerse la difícil. Bastaban unos días para que volvieran a aparecer, buscando atraer su atención por cualquier medio. Él ya estaba acostumbrado a ese tipo de juegos y no le sorprendían.
Pero esta vez, los días pasaban y la misteriosa mujer nunca regresó.


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