Esther Garza estaba escondida en La Mansión Romano. ¿Cómo iba a salir tranquilamente a cenar con alguien? Si lo hacía, seguramente no pasarían ni dos minutos antes de que los hombres de Ricardo Garza la encontraran y la arrastraran de vuelta.
Solo pudo excusarse:
—May, no me viene bien en estos días. Dejémoslo para la próxima.
Al colgar, una punzada de envidia le atravesó el pecho.
El verdadero nombre de May era Maya Solís. Un nombre tan común y aburrido que dejaba en evidencia que era una hija no deseada, criada sin amor.
Años atrás, cuando Esther dejó a Manuel Romano para irse a estudiar al extranjero, su destino fue Portugal. Aunque allí siempre fue el centro de atención, todos sus compañeros eran niños ricos de Valdemar, herederos nacidos en cuna de oro que jamás se rebajarían a servirla.
Esther necesitaba una "sirvienta". Alguien a quien pudiera insultar y golpear para desahogarse, alguien que le hiciera las tareas, le firmara la asistencia y le hiciera los mandados.
Y Maya Solís fue la elegida.
La primera vez que se fijó en ella fue en una de las grandes aulas de la universidad. Las tres primeras filas solían ser territorio prohibido para los estudiantes de intercambio, nadie quería sentarse allí por miedo a que el profesor les preguntara algo. Pero Maya siempre se sentaba en el mismo centro de la primera fila, tomando apuntes y haciendo preguntas con desesperación. En un mar de estudiantes, destacaba como una rareza.
Más tarde, Esther se topó con ella en un bar. Un hombre mayor, gordo y repulsivo, la estaba manoseando. Maya parecía aterrorizada, pero no se atrevía a defenderse.
Esther intervino y espantó al tipo.
Así se enteró de que Maya había logrado entrar a la universidad, pero su madre la había obligado a abandonar los estudios para trabajar, exigiéndole que le entregara casi todo su sueldo mensual. Si iba a las clases, era solo como oyente clandestina.
También supo que la madre de Maya trabajaba como empleada doméstica, la había maltratado desde niña por el simple hecho de ser mujer y su padre estaba en prisión por delincuente.
Pobreza, baja autoestima, una familia tóxica y miserable, pero con una ambición feroz por aprender y salir adelante.
Esther supo de inmediato que había encontrado a la candidata perfecta.


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