—¡¿Qué acaba de decir?! —César se puso de pie de un salto. Él, que siempre mantenía la compostura sin importar qué tormenta se desatara a su alrededor, en ese momento sentía cómo le temblaban las yemas de los dedos de forma incontrolable.
El doctor continuó:
—¿Acaso no se hicieron ningún chequeo antes de intentar concebir?
—Ustedes los jóvenes... quedarse embarazados sin haberse hecho los exámenes previos es una completa falta de responsabilidad para con ustedes mismos y para con la familia. —El doctor empezó a reprenderlo, con la impotencia reflejada en la voz.
—¿Se puede saber qué demonios pasa? —César lo interrumpió de golpe, pálido como un muerto, pero desprendiendo una agresividad aterradora.
Intimidado por la ferocidad en la mirada de César, el doctor encogió los hombros por inercia:
—La salud de su novia está en unas condiciones pésimas. Su cuerpo, ahora mismo, no está en estado para llevar adelante un embarazo.
El médico sacó la ecografía, señaló un diminuto punto en la imagen y dijo:
—Este es el embrión. Es completamente inviable. Es mejor interrumpirlo cuanto antes, de lo contrario, la madre sufrirá daños irreparables.
¿Su salud estaba en pésimas condiciones? A César se le cayó el mundo encima.
La recordaba de niña, fuerte y sana, desbordando energía. Se pasaba el año entero sin enfermarse ni una sola vez, incluso cuando se mojaba bajo la lluvia; siempre irradiaba una calidez vibrante.
Evidentemente, su cuerpo se había deteriorado durante todos esos años en los que él había estado lejos.
—Doctor... ¿a qué se refiere exactamente cuando dice que su salud está mal? —preguntó con la voz temblorosa, clavando sus ojos inyectados en sangre en los del médico.
—Sus niveles indican un agotamiento crónico extremo. Su sistema endocrino está hecho un desastre, y las paredes del útero son demasiado delgadas... —El doctor mencionó algunos términos médicos complicados antes de intentar explicarlo en lenguaje cotidiano—: En otras palabras, todo apunta a años enteros de falta de descanso absoluto, estrés crónico y probablemente depresión aguda. Eso es lo que nos ha llevado a esto.
César se quedó pasmado.
Había escuchado vagamente cómo habían sido los últimos siete años para Eliana. Pero jamás se imaginó que su realidad hubiera sido un calvario tan infernal. ¿Cuánto tuvo que sufrir, cuánto dolor tuvo que tragar para que su cuerpo acabara reducido a una cáscara vacía, marchita y consumida?
—¿No hay otra opción? —César lo miró fijamente, con los ojos enrojecidos.
—Las probabilidades son mínimas —El doctor, que ya había visto miles de casos así, solo pudo suspirar y tratar de consolarlo—. Por ahora es solo un embrión; aún no se ha formado la vida. —Le daba a entender que no debía sentirse tan destrozado.

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