Para rematar, César pronunció unas últimas palabras antes de cortar la llamada:
—Por respeto a Don Octavio, mantendré guardado el video que tengo de esa noche por ahora. Pero si vuelves a intentar una de tus jugadas sucias, prepárate para perderlo todo.
Sin más, cortó la llamada, con el rostro ensombrecido. El buen humor que había acumulado durante días había sido pisoteado por esa escoria.
Justo en ese momento, su teléfono volvió a sonar. Otro número desconocido. Contestó con fastidio:
—Diga.
—¡Buenas! ¿Hablo con «Flor de la Fortuna»? Su paquete ya llegó —ladró el repartidor al otro lado de la línea, con un tono incluso más prepotente que el del propio líder del Consorcio de Soto—. ¡Llevo media hora marcándole y no contesta! ¡No sabe cuánto tiempo me está haciendo perder!
«Flor de la Fortuna». Ese era el nuevo nombre de usuario que Eliana usaba en sus compras en línea. El anterior había sido «Paz».
César se masajeó las sienes. No le quedó de otra que tragarse el orgullo y, apretando los mandíbulas, le ordenó:
—Espéreme en la puerta principal.
—¿Que lo espere? ¡Tengo más entregas que hacer, amigo! Se lo dejé tirado en la entrada.
El repartidor murmuró un par de quejas más con un fuerte acento local y colgó el teléfono de golpe. Escuchando el pitido que indicaba el fin de la llamada, César se quedó estupefacto.
En el asiento delantero, Luis pisó el acelerador a fondo. ¡Tenía que llegar a la mansión antes de que la paciencia de su jefe se agotara por completo y asegurarse de que recogiera ese paquete en tiempo récord!
En el fondo, Luis no podía evitar maravillarse. Llevaba siete años trabajando para él y estaba acostumbrado a ver a su jefe como un témpano de hielo, inquebrantable y sin emociones. Pero hoy, había visto a su jefe experimentar los altibajos emocionales de una montaña rusa, y todo por culpa de la señorita Lamas.
En poco tiempo llegaron a la finca. A lo lejos, César divisó un paquete alargado. Se bajó del auto en persona, lo levantó con curiosidad y lo sopesó. No pesaba mucho.
¿Qué sería?
Volvió a subirse al auto y le ordenó a Luis que lo llevara hasta el edificio principal.
Durante todo el trayecto, César sostuvo el paquete en sus manos, negándose a dejárselo a nadie más. Su corazón latía con gran anticipación.
Él había visto los mayores lujos del mundo, pero este objeto era un regalo de Eliana, y eso lo volvía extraordinario.
Recordó los dos primeros años tras su llegada a Valdemar. Al estar confinado a una silla de ruedas, casi no podía salir. Eliana, que en ese entonces ni siquiera había empezado la escuela primaria, le traía algo nuevo de afuera todos los días.



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