¿Regina Guerrero? —La confusión en la voz de César era palpable—. Ve al grano.
César realmente no había reconocido su voz. Había coincidido muy pocas veces con ella y no le resultaba familiar. Además, en su memoria, Regina no hablaba de esa forma tan melosa y afectada, como si tuviera algo atorado en la garganta.
Como llevaba un par de días de excelente humor, le tuvo un poco más de paciencia de la habitual. En cualquier otra circunstancia, le habría respondido con frialdad corporativa: «Si quieres hablar de negocios, búscate a Simón de Soto; si es algo conmigo, coordina una cita con Luis».
—César, estoy embarazada. El bebé es tuyo —soltó Regina. Aterrada de que la ignorara como en sus mensajes anteriores, habló a toda velocidad—. Te había enviado unos mensajes antes, pero como no me respondiste, pensé que a lo mejor estabas ocupado.
Ah, con que esos dos mensajes extraños eran de ella.
—¿Estás embarazada? ¿Y el bebé es mío? ¿De dónde sacas que el niño que esperas es mío? —preguntó César, arrastrando las palabras. Su tono no mostraba ninguna alteración, pero cualquiera que lo conociera bien sabría que se avecinaba un huracán devastador.
Luis, que iba conduciendo, se encogió de hombros y hundió el cuello en su asiento.
Su jefe había estado de un humor excelente. Al enterarse de que no era hermano de la señorita Lamas, Luis sintió que sus rezos habían sido escuchados. Pensaba seguir alimentando su alma siendo el fan número uno de la pareja.
Sin embargo, cualquiera capaz de provocar así a su jefe con un par de frases tenía que ser una verdadera molestia.
—César, ¿por qué me hablas así? —A Regina se le heló la sangre al escuchar el tono de su pregunta. ¿Acaso había malinterpretado todo? ¿O es que él se negaba a asumir su responsabilidad?
Generalmente, cuando un canalla quería desentenderse de un embarazo, usaba exactamente esas palabras.
¿Será que su reputación de hombre frío y desinteresado en las mujeres era pura fachada? ¿Acaso era un libertino en secreto?
Pero Regina se negaba a aceptarlo. Llevaba años enamorada de César, y ahora que por fin tenía una oportunidad de atraparlo, no pensaba dejarla ir.
—Aquella noche... en el Hotel Alborada C-E... —continuó, intentando presionar.
César debía entender a qué se refería.
Pero él no pronunció palabra alguna.


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