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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 30

—¿Yo me aferro? —Se giró bruscamente y su voz tembló, incapaz de ocultar la emoción.

El coche se detuvo en un semáforo en rojo.

Fue como si todo lo que Eliana llevaba guardado por años hubiera encontrado finalmente una salida.

—¡Sí, me aferro! Te fuiste de un día para otro sin decir una sola palabra, desapareciste y fue imposible encontrarte. ¡Claro, a ti te fue muy fácil dejarlo todo atrás y olvidarte de todo!

Lo miraba fijamente, con los ojos llenándose de lágrimas, pero las palabras seguían brotando.

—Aquel día llovía a cántaros. Te esperé en la calle bajo la lluvia hasta que anocheció. Estaba empapada hasta los huesos, pero seguí esperando.

»Después me enfermé, volaba en fiebre y me quedé en cama tres días enteros. No dejaba de mirar la puerta, creyendo que, como siempre, entrarías de repente.

Su voz se quebraba, pero hacía un esfuerzo sobrehumano por no llorar. —Luego fui a tu casa. Estaba completamente vacía. No me dejaste ni una mísera nota.

Los dedos de César se aferraron con fuerza al asiento.

Eliana, sin embargo, se detuvo.

No quería decir el resto. Esos días de angustia no se comparaban con la profunda herida que cargaba.

Él era quien la había tratado como a una princesa. Por eso, la caída había dolido tanto.

Cuando su padre vivía, solía bromear diciendo: "Este vecino tuyo te está malcriando demasiado".

Cuando Cesi desapareció, fue como si le hubieran quitado la columna vertebral a su vida.

Al principio, solo le costaban las cosas pequeñas. Por ejemplo, en su lonchera ya no encontraba los camarones pelados listos para comer, no había nadie que la acompañara a la escuela y, cuando se enfermaba, tenía que tomarse una pastilla sola y aguantarse.

Después, la enfermedad de su padre empeoró. Los gastos médicos eran un pozo sin fondo. Aunque como profesor universitario tenía un seguro, para conseguir los medicamentos importados que realmente funcionaban, necesitaba pagarlos al contado.

Y, por si fuera poco, en ese entonces ella solo tenía dieciséis años. De día iba a la escuela, de noche volvía a retocar dibujos para ganar algo extra y los fines de semana acompañaba a su padre a las revisiones médicas. Hubo una noche en que su padre se despertó retorciéndose de dolor; ella lo cargó a cuestas por las escaleras —a pesar de que él pesaba casi el doble que ella— y bajó corriendo para tomar un taxi, solo para darse cuenta de que el saldo en su tarjeta apenas alcanzaba para la tarifa de la consulta.

En esa época, solo podía depender de sí misma.

Respiró hondo y alejó aquellos recuerdos.

Capítulo 30 1

Capítulo 30 2

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