Elena acercó un tazón de caldo humeante. El denso olor a especias medicinales inundó la habitación.
Hierbas para la circulación.
Ella estaba embarazada. Si se tomaba un caldo con propiedades tan fuertes, seguramente perdería al bebé.
Se negó de inmediato, sin pensarlo dos veces: —No es necesario. Prefiero tomar un poco de agua fresca.
—Si no te lo tomas, tendré que dártelo yo mismo. —La mirada de Manuel se oscureció y esa peligrosa sensación de pérdida de control volvió a apoderarse de él. Tomó el tazón de porcelana y, sin importarle la resistencia de Eliana, acercó la cuchara a sus labios.
Eliana retrocedió lentamente hasta que su espalda chocó contra la pared. No tenía escapatoria.
Al ver que la cuchara estaba a milímetros de su boca, Eliana, dándose cuenta de que no podía huir, tuvo una idea rápida: —¡Ugh!
Fingió una arcada violenta y, en el movimiento, derribó el tazón de porcelana al suelo. El caldo hirviendo se derramó sobre la ropa de Manuel y sobre la costosa alfombra de cachemira.
Elena llamó de inmediato a unas criadas para que limpiaran el desastre.
Al principio, Eliana solo fingió para evitar tomarse la sopa, pero una vez que empezó, no pudo detenerse. Su estómago se revolvió de verdad y un fuerte ataque de náuseas la invadió. Las arcadas no cesaban, hasta el punto de que unas lágrimas fisiológicas se acumularon en las esquinas de sus ojos.
Manuel se asustó por completo. Su primera reacción fue llamar al médico de la familia para que la revisara.
Eliana logró calmarse un poco y respiró con dificultad: —No te preocupes, tal vez comí algo que me cayó mal.
Manuel abrió la boca, pero las palabras no le salieron.
Estaba genuinamente aterrado. Al ver a Eliana tan pálida y frágil, acurrucada en una esquina de la cama, se dio cuenta de golpe de que su pequeña Ei-ei era como de cristal, algo que requería cuidados delicados. Nunca debió intentar forzarla.


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