—Ustedes...
Sofía detuvo su dedo, que había estado señalando a Maite, y lo movió hacia Jasper, pero no terminó la frase.
—Vine a llevarte al aeropuerto, y justo lo vi en la entrada, así que lo traje conmigo —explicó Maite, resignada.
En ese momento, Esther avanzó decidida y, sin ningún reparo, le jaló la oreja a Jasper.
—A ver, ¿y tú dónde te habías metido estos días? —le soltó, sin disimular su molestia.
—En Villa Laguna... y en Olivetto —murmuró Jasper, bajando la mirada y contestando muy bajito.
Esther arrugó el ceño, desconfiada. No acababa de cuadrarle que Sofía lo hubiera traído de Villa Laguna y que él hubiera regresado allá. ¿No sería que Jasper y Sofía sí tenían algo raro, como ella había sospechado antes...?
Con ese pensamiento, Esther no pudo evitar mirarlo de arriba abajo, con cara de que algo no le cuadraba.
—Bueno, lo importante es que ya volviste —dijo Sofía, con una mirada que tenía un matiz extraño, pero que decidió dejar el tema ahí, sin ahondar.
—¿De verdad te vas a Santa Fe? —preguntó Jasper, con el corazón acelerado al escuchar la voz que tantas veces había imaginado. Levantó la vista de inmediato, mirándola fijamente, sin poder ocultar la ansiedad en sus ojos.
Pero Alfonso no le dejó ni un segundo más. Se adelantó y se plantó justo frente a Sofía, bloqueando la vista de Jasper con su propio cuerpo.
—Ya casi sale el avión, llegaste tarde —dijo Alfonso, mostrando todos los dientes en una sonrisa descarada.
La expresión de Jasper, al ver cómo el rostro sereno de Sofía era reemplazado por el gesto burlón de Alfonso, cambió de inmediato. Su semblante se endureció.
Recordó cómo habían sido expulsados juntos por Sofía. ¿Por qué Alfonso seguía a su lado? La pregunta le ardía por dentro, y sin poder evitarlo, apretó los puños.
—No estoy hablando contigo —le lanzó a Alfonso, con los dientes apretados.
Si hubiera sabido que todo terminaría así, habría puesto más empeño cuando tuvo oportunidad.
Alfonso arqueó una ceja.
—Solo intento ayudarte, pero qué carácter el tuyo —reviró, medio en broma, medio en serio.
La tensión entre ambos era tan evidente que solo les faltaba darse de golpes ahí mismo. Maite, viendo que la cosa se ponía fea, se apresuró a interponerse y separarlos.
—Ya, ya, Sofía sale en la noche. Jasper, si quieres, puedes ir a despedirla —dijo Maite con voz suave, aunque en sus ojos asomaba una preocupación bien disimulada.
La verdad, Sofía estaba en un gran momento, pero tanta gente a su alrededor no siempre era bueno para todos... Para algunos, podía ser una carga difícil de llevar.
—¿Puedo ir? —preguntó Jasper, mirando por encima de los hombros de los demás, con una mezcla de esperanza y súplica dirigida a Sofía.
Esther, al ver la expresión de Jasper, puso los ojos en blanco.
—Qué dramático —susurró para sí.
—Por supuesto que puedes, si no te parece tarde —asintió Sofía, con una sonrisa cálida.
Tener amigos que quisieran despedirse de ella la alegraba de verdad.
—Perfecto —contestó Jasper, asintiendo con tanta fuerza que parecía que estaban firmando un trato solemne.
Alfonso, presenciando la escena, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Pero lo que más le molestaba era ese sentimiento incómodo de que alguien quería arrebatarle algo valioso.
Sin poder aguantar más, decidió intervenir:
—Bueno, si ya están listos, los llevo a comer —anunció.


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