Los ojos de Jaime brillaron de emoción.
En medio de la rutina monótona de la oficina, tener la oportunidad de ser testigo directo de un chisme como salido de una novela, y encima ver a un empresario poderoso persiguiendo a su exesposa, era como ganarse la lotería del cotilleo.
—Vaya, vaya...
Eso sí, el jefe de Jaime... no se parecía en nada a los protagonistas de las novelas.
En él no se notaba ese aire mandón ni ese descaro seguro de sí mismo; más bien, en ese momento se le veía luchando consigo mismo y rodeado de una frialdad sombría.
Jaime echó un vistazo rápido a Santiago, pero recibió una mirada cortante que lo dejó helado. De inmediato, agachó la cabeza y salió del despacho casi a trote.
...
Apenas Jaime cerró la puerta, empezó a sonar el teléfono en la oficina.
Santiago frunció el ceño.
¿Quién llamaría a estas horas?
Alzó la mano y contestó. Lo primero que escuchó fue un saludo familiar.
—Santi.
Era alguien de los Castillo, para ser exactos, la mamá de Alfonso.
—Dígame.
—La matriarca ya me explicó todo. Esa Sofía es tu exesposa, ¿cierto? Entonces, en este caso, la culpa es de Alfonso. Te prometo que voy a hablar seriamente con él para que se detenga.
La voz de la señora Castillo sonaba dura y sin espacio para dudas, como si quisiera dejar el asunto zanjado.
En la mente de Santiago apareció la imagen de Alfonso mirando a Sofía.
Era como si toda la luz de los ojos de Alfonso estuviera puesta solo en Sofía, sin espacio para nadie más.
Un tipo así, ¿cómo iba a aceptar que lo separaran de ella por la fuerza?
Sin darse cuenta, en la comisura de los labios de Santiago se dibujó una sonrisa irónica.
No sabía si se estaba burlando de la facilidad con la que hablaba la señora Castillo, o de sí mismo por haberse visto envuelto en semejante lío.
—Gracias por el aviso.
Respondió con voz ronca, seca.



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