—¿Tú?
Sofía arqueó una ceja y volteó a ver de quién se trataba.
Alfonso, por su parte, no pudo disimular la emoción que le hervía en el pecho.
Esta vez, Sofía planeaba anunciar oficialmente que tomaría el mando de la familia Santana, aunque en realidad los asuntos principales seguirían en manos de la abuela Santana y el abuelo Santana.
Pero, una vez que Sofía llevara públicamente el apellido Santana, la distancia entre ambos…
Alfonso apretó los puños, sintiendo el corazón a punto de salírsele del pecho.
Si en casa se enteraban de sus sentimientos por Sofía, seguro que ya nadie lo detendría.
—Sí, voy contigo a Santa Fe.
—Eh, pero ¿no venías a Olivetto solo para acompañar a tus abuelos? Si ellos regresan, tú deberías irte con ellos también —Sofía cruzó los brazos y le soltó la verdad sin rodeos.
La comisura de la boca de Alfonso tembló. Le lanzó a Sofía una mirada de reproche, como si ella le hubiera arruinado la sorpresa.
—Ay… ¿Cómo puedes…? —soltó, con los ojos llenos de resignación y un dejo de picardía.
Sofía, sin poder evitarlo, sintió que Alfonso parecía una esposa regañada, lo que le provocó un escalofrío.
—Ya, esta vez llevaré a Bea conmigo. No necesito que me ayudes, mejor ve a jugar con Bea un rato —dijo, empujándolo por la espalda para que se pusiera de pie y saliera de la habitación.
Hasta que…
—¡Pum!—
La puerta del cuarto se cerró en las narices de Alfonso, sin miramiento alguno.
Alfonso frunció la boca y soltó un suspiro teatral, aunque la verdad no podía ocultar la emoción que lo invadía. Casi corriendo, fue directo a la sala a buscar a Teresa Bernal.
—¡Bea, llegó tu padrino! —anunció con entusiasmo.
Abrió los brazos hacia la niña que Teresa tenía en su regazo. Esther, sentada a un lado jugando con un juguete para entretener a Bea, al escuchar a Alfonso autonombrarse padrino, puso los ojos en blanco.
Hasta ella rara vez se presentaba como la madrina de Bea, ¡y este tipo sí se animaba!
Pero Alfonso estaba tan contento que ni se fijó en el gesto de Esther.
Bea, muy dispuesta, enseguida se acurrucó en los brazos de Alfonso.
—¡Toc, toc!—
Alguien llamó a la puerta.
Teresa, ya libre de Bea, fue a abrir.
—¿Señor Vargas?
Afuera estaba Liam, con un ramo de lirios perfumados en brazos.
Vestía un traje blanco impecable y sonreía con esa elegancia que lo caracterizaba.
—Me enteré de que Sofía va a Santa Fe. Además, gracias a ella los nuevos productos de CANDIL se están vendiendo como pan caliente. Estoy tan ocupado que no podré acompañarla, así que vine a despedirme.
—A la señorita seguro le dará gusto verlo, pase adelante —dijo Teresa, abriendo la puerta de par en par.

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