—¿Tú qué opinas?
Esther le dio un ligero codazo a Maite López.
Esta vez, Maite no le dio la razón a su amiga como solía hacerlo. En cambio, esbozó una sonrisa llena de intenciones ocultas.
—Úsala. Te aseguro que no habrá ningún problema, y los resultados deben ser espectaculares.
Esther abrió los ojos de par en par, mirándola como si se hubiera vuelto loca.
Incluso estiró la mano para tocarle la frente a Maite.
—¿Te sientes bien?
Maite suspiró, algo exasperada.
—Esta crema no es ninguna muestra de prueba. Fue formulada específicamente para ella.
Sofía, que estaba sentada en el asiento del conductor, no dijo una sola palabra. Simplemente extendió la mano y recuperó la crema.
Maite la miró fijamente a través del espejo retrovisor.
—Si no tiene ningún riesgo, deberías empezar a usarla. Sé que esa cicatriz en tu rostro te ha estado molestando desde hace tiempo.
—No te sientas culpable. Después de todo lo que te hizo pasar, un simple tubo de crema es lo mínimo que puede hacer. No tienes por qué rechazarlo.
Se aseguró de dejarle las cosas claras.
Sofía escuchó en silencio y, tras unos segundos, asintió.
Por inercia, desenroscó la tapa, apretó un poco sobre la yema de su dedo y se lo acercó a la nariz.
Desprendía un aroma elegante y suave, a lirios blancos.
Un destello cruzó por los ojos de Sofía, pero rápidamente lo sepultó bajo su habitual fachada de serenidad.
—La probaré esta noche.
Para Esther, todo esto sonaba a que estaban hablando en clave. Se rascó la cabeza, completamente perdida en la conversación, y así, medio confundida, regresaron a la empresa.
Pero al llegar al edificio, se toparon con un visitante inesperado.
Oliver Rojas estaba parado frente al área de recepción. Su rostro delataba impaciencia; era evidente que llevaba un buen rato esperando.
—¿A qué hora piensa volver?
Con la poca paciencia que le quedaba, golpeaba la barra de recepción con la palma de la mano.

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