—Si en verdad no quisieras entrar a la familia Rojas, tampoco habrías pasado tantos años enredada con Oliver —soltó la mujer, alzando el cuello con una elegancia desdeñosa—. Mira, por ahora compórtate y no armes lío. Cuando Oliver termine con sus pendientes, le diré que venga por ti y te lleve de regreso.
Leonor mantuvo los dedos ocultos dentro de la manga, cerrándolos con lentitud hasta formar un puño.
En el fondo, ella también había sido ingenua alguna vez, soñando con que su historia con Oliver sería aceptada por la familia Rojas. Pero lo único que recibió fue una bofetada que le destrozó el mundo que creía seguro y dulce.
Ahora, después de tanto, por fin tenía aquello que tanto había pedido. Pero la felicidad no llegaba.
Tal vez porque ya no era una chiquilla. Tal vez porque ahora veía las cosas con ojos más claros, sin la venda de la ilusión.
—¿Entonces también debo darte las gracias, “usted”? —preguntó, enfatizando con sorna la palabra.
Se notaba el filo en su tono, una ironía tan aguda que hasta el aire se sentía tenso.
Begoña captó la indirecta y, al notar el gesto hosco de la señora Rojas, se apresuró a intervenir, mirando nerviosa a su alrededor para asegurarse de que nadie más estuviera escuchando.
—Ya, Leonor, lo que pasó ya quedó atrás. Mamá ahora quiere aceptarte; si tienes alguna queja, dilo y lo vemos juntas. Pero ahora estás esperando bebé, no tiene caso que te amargues y te hagas daño. Aunque sea por el niño que traes en la panza, piénsalo un poco.
Begoña le dirigió una mirada suave, pasando de su rostro a su vientre, con un tono casi de dulzura, como si intentara calmarla.
Ese gesto, y la manera en que le habló, lograron que Leonor se sintiera menos incómoda. Solo bufó y no siguió discutiendo.
La señora Rojas, al ver el ambiente más calmado, ya no insistió. Sabía bien que ese departamento antes era de Isi, y ahora vivía ahí Leonor. Era casi seguro que ya se había dado ese reencuentro de madre e hija.
—¿Tú eres Vic? Soy tu abuela.
La mirada de la señora Rojas se posó en el pequeño que, curioso, asomaba la cabeza desde el regazo de Leonor. Le sonrió con ternura y le hizo señas para que se acercara.
Por fin la familia Rojas tenía descendencia.
Víctor se acurrucó más junto a su madre, mirando hacia arriba para buscar su reacción.


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