—Entiendo, Sofi. Cuando regreses a Olivetto, te pediré el favor de que me ayudes a rastrear el paradero de la pieza original.
Viendo cómo estaban las cosas, lo más seguro es que el vestido estuviera en manos de Isidora Rojas.
—Ya que viniste hasta acá, está bien. Pasaré por la casa de la familia Rojas cuando salga de la oficina.
Sofía aceptó sin darle más vueltas.
Su respuesta fue tan rápida y directa que Oliver se quedó paralizado, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
Estaba a punto de preguntar "¿De verdad?", pero antes de que las palabras salieran de su boca, Sofía hizo un simple gesto con la mano.
Al instante, dos guardias de seguridad que estaban cerca de la puerta se acercaron y tomaron a Oliver por los brazos, inmovilizándolo.
El movimiento fue tan repentino que Oliver no tuvo tiempo de reaccionar. Cuando por fin entendió lo que pasaba, le lanzó una mirada llena de odio a Sofía, aunque su sentido común le advirtió que no perdiera los estribos.
Obligándose a mantener la calma, forzó una sonrisa torcida.
—Sofía, hija, ¿qué significa esto?
Sofía se cruzó de brazos, su actitud tan fría como el hielo.
—Esta es una corporación seria, y me parece que usted lleva bastante rato haciendo un escándalo en mi recepción. Si no impongo orden, los empleados creerán que aquí cualquiera puede hacer lo que se le pegue la gana. ¿Qué pasaría si vienen extraños a hacer un alboroto y arruinan la imagen de la empresa? ¿Quién va a arreglar ese desastre?
Su tono era calmado, pero las palabras estaban cargadas de una autoridad implacable.
La cara de Oliver se puso roja de indignación.
¿Acaso lo estaba usando como ejemplo para asustar al personal?
—Sofía, no puedes compararme con cualquier aparecido. ¡Soy tu padre! Con tanta gente entrando y saliendo, ¿qué clase de imagen das tratándome así? ¡Diles que me suelten ahora mismo!
La sonrisa de Oliver parecía más una mueca de desesperación.
Sofía lo ignoró por completo.
—Échenlo a la calle.


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