La sorpresa de Nieve Urdiales era tan evidente que ni siquiera trató de disimularla.
Ella misma había estudiado diseño de joyas, y para colmo, se había graduado de la misma universidad en la que Diego había sido leyenda. Por eso se sentía tan segura al afirmar que el broche que Sofía le preparó a la abuela era falso.
Para Nieve, todo era simple: Diego jamás tuvo alumnos.
—¡Perfecto! —respondió con rapidez, con los ojos fijos en Sofía, que parecía tan tranquila como si nada le importara.
Si Sofía quería lucirse, Nieve no pensaba dejar pasar la oportunidad de desenmascararla. Además, antes de venir, se había encargado de investigar a Sofía: solo era la hija de una familia de clase media de un pueblito llamado Villa Laguna, y ni siquiera era muy querida por sus parientes.
—¿Cómo iba a conocer a Diego alguien así? —pensó Nieve, mordiéndose el labio inferior.
—Bueno, si lo dijiste tú, no me culpes después. Llama a tu amigo, que venga —aventó con un aire de triunfo.
Sin decir nada más, Sofía sacó el celular y marcó.
—¿Sofía? Qué raro que me llames... ¿No estabas en la fiesta de cumpleaños de la abuelita? ¿Pasó algo? ¿Es por el broche? —La voz de Liam era firme y tranquila, como el tono de alguien que siempre está ahí para ayudar. En cuanto la escuchó, Sofía sintió cómo se le deshacía el nudo que traía en el pecho.
—Perdón por molestarte, Liam. Es que aquí insisten en que el broche es falso y quieren verte en persona.
A Sofía le daba pena estar molestando tanto a Liam: primero le pidió el favor de diseñar el broche y ahora lo hacía venir hasta la mansión Cárdenas. No sabía cómo iba a agradecerle.
—No te preocupes, de verdad. Yo llego en un rato. No le des tantas vueltas.
Sofía no bajó el volumen del celular, así que todos los presentes escucharon la conversación, incluso las vocecitas de unos niños que se colaron por la línea.
Nieve Urdiales soltó una risa entre dientes.
—Por favor, ¿Diego a estas alturas? Si fue una leyenda hace años, debe tener como cuarenta y tantos. ¿Cómo va a sonar tan joven?
Para ella, todo era una farsa. Sofía había contratado a alguien para hacerse pasar por el famoso Diego. Se acomodó en su asiento, lista para ver cómo desenmascaraban a Sofía. Si la abuelita y Santi veían la verdad, dejarían de prestarle atención a Sofía. Y ahí estaba su oportunidad.
El corazón de Nieve latía con fuerza, como si ya hubiera ganado.

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