Santiago se dejó caer en la silla, acomodándose con naturalidad, pero antes de sentarse echó una mirada hacia Sofía.
Sofía seguía con esa expresión tranquila, casi distante, sin mostrar ningún tipo de reacción extra.
Santiago sintió cómo su ánimo se apagaba. El té que tenía en la boca, que solía calmarle, ahora le supo a trago amargo, como si no pudiera pasarlo.
No era tonto; también se había dado cuenta de que Liam podía entrar y salir de Villas del Monte Verde sin problema alguno, mientras que a él siempre parecía que Sofía lo mantenía a raya, afuera de su vida.
—Matriarca, presidente Cárdenas, ¡hay alguien en la entrada!
La voz de Jaime resonó desde el umbral, apresurado por el pasillo.
La abuelita ni lo pensó: ordenó que abrieran de par en par la puerta principal.
Apareció Liam, vestido con un traje casual de tono blanco perlado, cargando en brazos a una pequeña que lo miraba con ojazos enormes y curiosos, como una muñeca de porcelana viva.
—¡Mi niña hermosa!
En cuanto la vio, la abuelita no pudo contenerse, se levantó de un brinco de su asiento y corrió con pasos cortos directo hacia Bea.
—¡Ay, mira nomás esos ojos y esa naricita! ¡Igualita a nuestro Santi, qué chula está! ¡De verdad, qué niña tan preciosa!
La abuelita se agachó junto al portabebé, mirando a Bea con tanta devoción que parecía que el corazón se le derretía. En ese momento, todo lo demás dejó de importarle: ni pensó más en si su broche era auténtico o no.
Nada podía ser más importante que su pequeña nieta.
Liam, viendo que la abuelita bloqueaba el paso, alzó la mirada hacia Sofía, un poco incómodo ante la situación.
Sofía se levantó enseguida y fue a ayudar a la abuelita.
—¿Por qué no regresa a su asiento? Yo llevo a Bea con usted.
—¡Mamá!
Bea miró a Sofía y la llamó con esa vocecita tan dulce y clara que a la abuelita casi se le olvidó en qué mundo andaba. Asintió entusiasmada y, aunque regresó a su asiento, no le quitaba la vista de encima a la niña.
Sofía extendió los brazos para cargar a Bea.
—Ten cuidado.
Liam le pasó a la pequeña con una voz suave, casi como un susurro.
Los dos, parados uno junto al otro, formaban una pareja que armonizaba tan bien que cualquiera habría pensado que estaban hechos el uno para el otro.
Pero Santiago solo sentía una punzada en el pecho, como si le hubieran echado sal en las heridas. Era como si una aguja se le estuviera clavando en los ojos.
Por dentro, deseaba sacar a Liam a patadas de la casa y advertirle que no se acercara a Sofía.
Sin embargo...
Solo pudo apretar con fuerza el puño debajo de la mesa, oculto al costado de su pierna.
Desde que firmó el divorcio con Sofía, había perdido todo derecho a sentir celos o a enojarse. No tenía excusa ni motivos.
Pensar en eso solo conseguía que el arrepentimiento le subiera hasta la garganta. Si pudiera, viajaría en el tiempo solo para golpear al idiota que aceptó divorciarse, y quedarse él mismo en su lugar.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera