Nieve Urdiales hablaba con tanta seguridad que hasta levantó el mentón, y le lanzó una mueca despectiva a Sofía.
—No es cierto que lo haya mandado a hacer especialmente, seguro compró uno de los diseños viejos de Diego.
Nieve lo soltó sin titubear, y en su mirada solo había enojo y desprecio. Era como si con los ojos dijera: “¿Ya viste? Te caché, ¿no te da pena?”
Sofía frunció el ceño al escucharla.
Sabía que Nieve Urdiales la traía entre ceja y ceja, pero el modo en que lo decía, los gestos tan precisos, no eran inventados. Sofía bajó la mirada hacia el pecho de la anciana.
Diego…
Murmuró el nombre en silencio, sin saber bien cómo responder.
Ese prendedor lo había encargado a Liam, su amigo. Si Diego tenía algo que ver, sería porque Liam, como director de CANDIL en Sudamérica, había colaborado con él cuando era el principal diseñador. ¿O acaso Diego, ahora en Olivetto, hizo el trabajo por petición de Liam?
Sofía se sentía confundida, atrapada entre dudas.
Pero esa breve vacilación solo hizo que Nieve Urdiales se creciera más.
—¿Por qué ya no dices nada? Si no sabes cómo defenderte, mejor admítelo de una vez —aventó Nieve, cruzándose de brazos y soltando una risa burlona—. Hay gente que presume cosas compradas como si fueran lo máximo, nomás para aparentar que le pusieron empeño. Dan ganas de vomitar.
Arrugó la cara, fingiendo asco, exagerada y bien mala leche. Hasta Santiago se puso serio.
Apretó la mandíbula, y su mirada dura se suavizó apenas al ver a Sofía tan tranquila. Estaba a punto de decirle a Nieve que se largara, pero Sofía habló antes.
—Este prendedor lo mandé a hacer especialmente con mi amigo, incluso el estuche lo diseñó él. Y si hubiera sido parte de mi colección personal, no veo nada de malo en regalarlo. No tengo por qué inventar nada.
Sofía negó suavemente, muy tranquila, sin nervios ni rastro de culpa pese a las acusaciones.
La anciana la observó y asintió despacio.
—Ya estuvo, Nieve…
—¿Amigo? ¿A poco tu amigo es Diego? —interrumpió Nieve de pronto, levantando la voz y con la mirada afilada—. Solo Diego podría diseñar algo así. Según sé, lleva años sin sacar nada nuevo. ¿Tú crees que por pedirle, va a salir del retiro?
Y de pronto, como si hubiera recordado algo, entornó los ojos:
—¿O más bien… mandaste hacer una copia falsa?
El salón quedó en silencio.
Lo que antes era una discusión sobre si el regalo había sido personalizado, ahora se convertía en una acusación mucho más grave: ¿era una falsificación?
Nadie veía bien que regalaran algo falso a una persona mayor.


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