Nieve Urdiales cada vez sentía más coraje.
No era como si no supiera que esa Sofía, en sus tiempos, había estado enamorada de Santi. ¡Y ni idea de qué suerte corrió esa mujer, pero al final sí consiguió casarse con él! Mientras que ella, después de tantos años siguiéndolo, ni siquiera había podido rozarle la mano.
Sofía observaba cada movimiento de ambas, sin mostrar la menor reacción, hasta que miró a la abuela y sonrió con suavidad.
—Por supuesto, nunca podría igualar la generosidad de la señorita Urdiales. Espero que no le parezca poca cosa.
La abuela no parecía darle mayor importancia; después de todo, Nieve Urdiales y Sofía venían de mundos distintos. Nieve era de una familia de abolengo en Santa Fe, y su entorno no era algo que cualquiera pudiera igualar.
—Ay, no digas eso. Lo que importa es el cariño con que das el regalo. Si lo haces de corazón, para mí ya es algo invaluable.
La abuela sonrió con ternura y, de paso, le dio unas palmaditas en el dorso de la mano a Sofía.
Sofía mantuvo la sonrisa, sin insistir en rechazar el cumplido, y con calma abrió la caja del regalo.
Ni siquiera se tomó el tiempo de hacer el clásico espectáculo de abrir el paquete con lentitud.
Nieve Urdiales miró de reojo con desprecio, pero apenas pudo ver lo que había dentro de la caja, se quedó congelada.
Dentro, relucía un broche en forma de golondrina, tan detallado y vívido que parecía a punto de levantar el vuelo. Aunque estaba hecho con hilos de oro y gemas incrustadas, el trabajo era tan delicado que daba la impresión de estar contemplando un ser vivo.
El cuerpo de la golondrina era de jade verde, los ojos resaltaban con piedras preciosas color Sofía, y las alas, delineadas con diminutos diamantes blancos, mostraban el trazo de cada pluma. Solo con mirar las láminas de jade, finas como alas de libélula, uno podía notar la maestría del artesano.
No solo el material era de primera, sino que la técnica utilizada era digna de admiración.
Incluso la abuela, que ya había visto de todo como coleccionista de joyas, abrió los ojos sorprendida. En su mirada se reflejaba el asombro ante algo tan inusual.
—Sofía, ¿de dónde sacaste este broche?
Sin acercarse demasiado, la abuela contempló la pieza con los dedos a apenas medio centímetro de distancia, como si temiera dañarla pero no pudiera evitar querer tocarla.
—No es nada comparado con todo el esfuerzo que la señorita Urdiales puso en buscar su regalo. Yo solo le pedí a una amiga que me ayudara a conseguirlo.
Sofía sonrió, su actitud era tan modesta que la abuela no pudo evitar asentir varias veces, cada vez más encantada.
—Me fascina.
La abuela miró directamente a los ojos de Sofía y lo dijo con toda seriedad.
—Para mí es un honor que le guste —respondió Sofía, tomando el broche con ambas manos—. ¿Por qué no se lo prueba?
La abuela, rebosante de alegría, no vaciló en colocárselo y enseguida buscó un espejo cercano para contemplarse.
—¡Qué cosa tan bonita! Nada más me lo pongo y ya me siento más joven y elegante.
La abuela lanzó un suspiro admirado, y la forma en que miraba a Sofía rebosaba cariño.
Nieve Urdiales, al ver cómo la abuela elogiaba a Sofía sin reservas —y recordando lo poco entusiasta que había sido cuando la felicitó a ella—, sintió como si le apretaran el pecho con una mano invisible. No pudo evitar que la envidia la carcomiera.
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