Sofía no esperó a que nadie reaccionara. Sin perder tiempo, salió de la habitación y fue directo a la sala. Enseguida regresó con una pequeña montaña de regalos en los brazos, que acomodó sobre la mesa de centro.
—Abuelita Castillo, todos estos los escogí especialmente para usted. Son joyas y accesorios que estoy segura le van a encantar.
Su voz sonó tan entusiasta y su expresión tan animada que parecía una gata juguetona. Sin embargo, Sofía notó en esos ojos brillantes algo más que simple alegría: una pizca de desafío.
Echó un vistazo a la mesa, donde se apilaban varias cajas de joyería, y supo de inmediato que eran las mismas piezas que Nieve Urdiales le había quitado en el centro comercial.
Sofía percibió la hostilidad de Nieve hacia ella, mucho más marcada que en el centro comercial. Lo curioso era que, desde el primer instante que entró a la casa, notó cómo Nieve no dejaba de mirar de reojo a Santiago. Cada vez que apartaba la vista de él, bajaba la mirada y sus ojos se llenaban de emoción, como una adolescente enamorada.
—Le gusta Santiago… —pensó Sofía, y esa certeza le hizo entender por qué, aunque ella y Santiago ya estaban divorciados, Nieve la veía como una rival imaginaria.
Pero en el centro comercial ni siquiera se conocían, solo eran dos desconocidas que coincidieron por casualidad.
Mientras Sofía se hacía mil preguntas, Nieve ya había abierto todos los estuches y empezó a presumir las joyas frente a la abuelita.
—¡Mire este brazalete de jade del sur, abuelita! Resalta muchísimo con su tono de piel. Un brazalete de esta calidad, ni en los centros comerciales de Santa Fe he visto algo igual.
Nieve levantó el brazalete, dejándolo brillar bajo la luz, y la sonrisa de autosatisfacción se le escapó sin querer.
—Y vea este collar de jade verde, es tono emperador. Mire cómo resplandece bajo la luz, ¿a poco no está precioso? También es de los mejores, estoy segura de que le queda perfecto.
—Y todavía me falta mostrarle…
…



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