Después de un largo silencio, Patricio soltó una risa entre nerviosa y resignada, y dijo:
—Hace un momento mi familia me mandó un mensaje, que si esta vez tampoco funciona, me van a buscar una nueva cita.
Patricio miró a Gisela. Ella aún no captaba adónde iba la conversación.
—Señorita Gisela, estuve pensando… Nuestras familias creen que ya nos llegó la hora de formar una familia, por eso nos están presionando con estas citas. Si regresamos y les decimos que no nos gustamos, seguro nos van a buscar a otras personas para presentarnos.
Gisela meditó un poco y asintió.
—Sí, tienes razón.
Con lo insistente que era Aitana, si Gisela regresaba contando que no le interesaba, seguro la hermana la arrastraría de nuevo a otra cita.
Patricio la miró a los ojos, con una expresión seria pero tranquila.
—Señorita Gisela, quiero preguntarle si estaría dispuesta a fingir que estamos saliendo, solo para que nuestras familias dejen de presionarnos. Así nos evitamos conocer a más gente.
Gisela, sorprendida, preguntó:
—¿Y eso por qué? ¿Por qué cambiaste de parecer de repente?
Patricio apretó un poco los labios y sonrió.
—Cuando propuse la idea, no esperaba que tú y yo nos lleváramos tan bien. Después de platicar contigo, cambié de opinión. Me caes muy bien y eres muy lista. Creo que, si de todas formas tenemos que fingir, ¿por qué no hacerlo entre nosotros? Nadie más podría hacerlo mejor.
Gisela no pudo contradecirlo. En el fondo, sentía lo mismo: al menos con Patricio la plática fluía.
Patricio bajó la voz, con tono casi cómplice.
—Entonces, ¿qué dices? Solo tienes que contarle a tu familia que estamos saliendo, así dejan de buscarte pretendientes, y nosotros de vez en cuando nos vemos para cumplir con el papel. Sin presión, sin complicaciones.
Gisela recordó la cara de Aitana, esa insistencia suya que la había traído hasta aquí. Solo de pensar en volver a pasar por lo mismo, le empezó a doler la cabeza.
La propuesta de Patricio, por absurda que fuera, le sonaba tentadora.
—¿Y después qué? ¿Qué vamos a decir?
Había esperanza.
Los ojos de Patricio brillaron un poco y respondió:
—Si algún día llegas a conocer a alguien que sí te guste, solo tienes que decírmelo. En ese momento le decimos a nuestras familias que, después de intentarlo, vimos que no funcionó entre nosotros. Así termina todo, sin líos.
Gisela dudó unos segundos, pero al final aceptó.
—Está bien. Así quedamos.
—¿Ya ves? Nos falta algo: no hemos intercambiado contactos.
Gisela soltó una risita.
—¡Cierto!
Sacó su celular y ambos intercambiaron sus datos de WhatsApp. Solo hasta ese momento Gisela subió al carro y se despidió.
Ya sentada en el asiento trasero, Gisela vio por el retrovisor a Patricio, que seguía parado en el mismo lugar, despidiéndose con la mano.
Por fin había terminado.
Gisela soltó un suspiro largo, como si al fin pudiera dejar caer todo el peso del día.
Pero ni siquiera había acabado de soltar el aire cuando el WhatsApp de Aitana empezó a sonar.
[Aitana: ¿Y? ¿Cómo te fue?]
[Aitana: ¿Platicaron bien?]
[Aitana: ¿Y qué dijo el muchacho?]
Gisela sintió que la cabeza le daba vueltas. Hizo una mueca, pero tal como había acordado con Patricio, respondió a los mensajes.

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