Gisela retiró la mano de la de Delia y dijo:
—No, solo tomé cualquier vestido que tenía a la mano.
Delia la miró de arriba abajo y soltó un silbido divertido.
—Vaya, sí que es cierto eso de que la ropa hace al que la lleva. Pareces otra persona, ni te reconocería.
Aunque lo decía en tono de broma, en el fondo Delia sentía alivio.
Menos mal que Xavier tuvo que salir y no vio a Gisela así de arreglada para ir a esa cita a ciegas...
Solo de pensarlo, a Delia se le erizaba la piel.
Aitana interrumpió su plática:
—Bueno, bueno, ya estuvo. Gisela, ve a maquillarte de una vez.
Gisela apenas se puso un poco de maquillaje, apenas lo justo para verse natural, y se recogió el cabello en un chongo sencillo. En realidad, no lucía tan diferente a lo habitual.
Pero con el vestido nuevo, el conjunto completo sí que cambiaba todo.
Cuando Gisela salió, Delia la miró boquiabierta, como si le hubieran encendido una luz en los ojos.
Aitana asintió satisfecha:
—Muy bien, así seguro le causas una buena impresión al muchacho. Ya puedes irte. Acuérdate lo que te dije, platica bien con él.
Gisela tomó su bolso que estaba en el sofá.
—Sí, ya sé.
Por la tarde, Gisela ya había hablado con el chofer para que la esperara puntual abajo del edificio.
En cuanto subió al carro, el chofer preguntó:
—Señorita Gisela, ¿a dónde la llevo?
Gisela pensó un momento, y de repente recordó que Aitana le había mandado la dirección del restaurante, pero nunca la revisó.
Así que sacó el celular, abrió el chat de Aitana y le dictó el nombre del restaurante al chofer.
El restaurante estaba a unos quince o veinte minutos de su departamento, y apenas se dio cuenta, ya habían llegado.
Gisela avanzó unos pasos hacia el interior.
El hombre, al escuchar el ruido, se puso de pie y giró para mirarla.
En el instante en que Gisela lo vio, una idea absurda le cruzó la mente: el hombre en persona era mucho más atractivo que en las fotos que le habían mostrado. Al contrario, la foto de su identificación no le hacía justicia.
Llevaba puesto un traje azul claro, el cabello perfectamente acomodado, la frente despejada, y el semblante era tan sereno como elegante. Sus labios esbozaban una sonrisa amable, transmitiendo una calma y dulzura que desarmaban a cualquiera. No había en él ni una pizca de arrogancia o agresividad, su presencia era de una suavidad reconfortante.
El hombre le sonrió y le tendió la mano.
—Señorita Gisela, mucho gusto. Soy Patricio.
Gisela le devolvió el apretón.
—Gisela.
Apenas se tocaron las manos, ambos las retiraron con naturalidad. Patricio rodeó la mesa y, con gesto de caballero, le acercó la silla.
—Señorita Gisela, por favor, tome asiento.

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