—Ya entendí.
El policía asintió con la cabeza hacia ellos y se marchó en silencio.
En la habitación solo quedaron Gisela y Xavier. El ambiente se sentía espeso, como si las paredes mismas guardaran el eco de las palabras no dichas.
Gisela fue la primera en romper el silencio, preocupada por lo que había escuchado antes.
—¿Y Saúl? ¿Cómo está él?
Xavier acercó una silla y se sentó junto a su cama. Entrelazó las manos y la miró con una seriedad que no admitía bromas.
—Él está mejor que tú. Despertó hace dos días. Tú llevas tres días y tres noches en la sala de cuidados intensivos, incluso pasaste dos veces por la sala de emergencias.
Gisela abrió la boca, sin saber qué decir. Por alguna razón, sintió una pizca de enojo en la voz de Xavier, como si estuviera a punto de explotar por dentro.
—Me alegra escuchar eso —comentó Gisela, lanzando una mirada rápida a Xavier—. ¿Y mi mamá? ¿Y Delia?
El tono de Xavier se volvió de repente distante, casi cortante.
—Ya les mandé un mensaje. Vienen en camino.
Gisela lo miró de nuevo, notando que el humor de Xavier no era precisamente el mejor. Aunque su rostro permanecía inexpresivo, había una tensión evidente en el aire.
—Escuché que no te has movido de aquí en tres días. ¿No has descansado nada?
Xavier solo soltó un —Ajá—, sin agregar una palabra más.
Eso bastó para que la ansiedad de Gisela aumentara.
—El doctor dijo que ya estoy fuera de peligro. No tienes por qué preocuparte tanto, puedes ir a descansar un rato.
A pesar de que sus palabras buscaban tranquilizarlo, Gisela no pudo evitar notar que Xavier parecía aún más molesto, casi como si cada sílaba le provocara fastidio.
Estaba a punto de preguntarle la razón, cuando Xavier la interrumpió de golpe, lanzando una pregunta que la dejó helada.
—Te la pasas preguntando por los demás, ¿alguna vez te has detenido a pensar en ti misma?
—Yo... —Gisela se quedó sin palabras, confundida por completo.
Xavier la miraba con una mezcla de cansancio y enojo que no podía ocultar.
—Y además, ¿apenas despiertas y ya me quieres sacar de aquí?
Gisela sintió la necesidad de defenderse.
—¡No es eso! Solo pensé que estabas agotado y que deberías descansar un poco, no te estoy echando.
Las palabras de Gisela lograron apaciguar un poco el mal humor de Xavier, que respiró hondo como si intentara convencerse de algo.
—No estoy cansado —replicó, aunque las venas rojas en sus ojos decían lo contrario.
Gisela lo observó en silencio, viendo las marcas de agotamiento en su cara, pero decidió no insistir.
Gisela sintió un escalofrío. Sus párpados temblaron.
—¿Cómo que no me meta? ¿Qué quieres decir?
La voz de Xavier se volvió grave, casi un susurro lleno de preocupación.
—Si los dos incidentes están conectados, significa que alguien va tras de ti. Es peligroso, Gisela. No sigas con esto.
Pero Gisela nunca fue de las que retrocedían. Ni el miedo ni la muerte podían detenerla, mucho menos una amenaza disfrazada de advertencia.
Aunque esta vez todo fuera obra de Romina, aunque la tragedia estuviera a la vuelta de la esquina, ella no iba a echarse para atrás.
Tenía una deuda de sangre con Romina. Era una herida que nunca iba a sanar, una herida que solo se cerraría cuando la verdad saliera a la luz y Fabi pudiera descansar en paz.
Así que, sin dudar, Gisela negó con la cabeza.
—No voy a detenerme. Voy a llegar hasta el fondo, cueste lo que cueste.
El mal humor de Xavier se hizo más evidente.
—¿Quieres que te pase otro accidente? ¿Eso buscas?
La voz de Gisela fue suave, pero cada palabra llevaba el peso de su decisión.
—No me importa. No voy a dejar de buscar la verdad.

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