Gisela abrió los ojos y miró a Xavier por un instante, pero de pronto una oleada de mareo la obligó a cerrarlos de nuevo.
Tardó bastante en recuperarse antes de atreverse a abrirlos otra vez.
Sintió de repente una calidez sobre su mano. Parpadeó con lentitud y dirigió su mirada hacia Xavier.
Él estaba medio arrodillado junto a la cama del hospital, con la mano apoyada sobre la de ella, mirándola fijamente con esos ojos intensos que siempre la desarmaban.
Gisela intentó esbozar una media sonrisa, pero su voz salió apenas como un susurro:
—¿Por qué tienes esa pinta?
El cabello de Xavier estaba hecho un desastre, caía en mechones descuidados sobre su frente. Tenía barba de varios días, ojeras marcadas y los bordes de los ojos enrojecidos. Sus labios estaban tan secos que se le notaban cortados. Era completamente distinto al Xavier que ella recordaba, siempre impecable.
Xavier apretó con fuerza la mano de ella y se acercó un poco más.
—¿Qué dijiste?
Resultó que ni siquiera había escuchado lo que ella le preguntó.
Gisela negó con la cabeza, exhausta.
No le quedaban fuerzas para repetirlo.
Xavier la miró con ternura y la voz rasposa.
—Si sientes algo raro, dile al doctor.
Gisela parpadeó lentamente. Estaba agotada, tan cansada que hasta abrir y cerrar los ojos le costaba trabajo.
El doctor se acercó y le explicó en detalle su estado. Luego se inclinó para hacerle unas preguntas al oído.
Aunque Gisela estaba casi sin energías, contestó con atención cada una.
Cuando terminó, el médico se mostró más relajado.
—Ya saliste del peligro. Hoy mismo te vamos a pasar a una habitación normal, pero te vamos a vigilar un par de días más.
Gisela asintió apenas con la cabeza, mientras Xavier se ponía de pie y, con una sinceridad inusual, decía:
—Muchas gracias, doctor.
El doctor, sonriendo, le dio unas palmadas en el hombro a Xavier.
—Ahora sí puedes estar tranquilo. Anda, vete a descansar, que ya llevas días sin dormir.
La enfermera, que estaba cerca, también intervino.
—De veras, estos tres días no te despegaste de aquí. Tienes que dormir, por muy fuerte que seas, el cuerpo no aguanta tanto. Imagínate, la paciente se recupera y tú terminas en la cama.
Uno de los policías le explicó los avances de la investigación: el chofer del camión había estado manejando bajo los efectos del alcohol, por eso había perdido el control y causado el accidente.
A Gisela le costaba creerlo. No tenía pruebas, pero una corazonada le decía que ese chofer no era ningún improvisado.
Tosió un poco, y después, con mucha lentitud pero firmeza, compartió sus sospechas.
Los policías guardaron silencio. Xavier tampoco dijo nada.
Gisela lo notó y preguntó con debilidad:
—¿Qué pasa?
El oficial dudó un poco antes de responder.
—El otro señor que venía con usted despertó hace dos días y nos dijo lo mismo. Ya revisamos todo y no encontramos nada sospechoso. El chofer sigue diciendo que fue porque estaba borracho y perdió la conciencia. Por desgracia, no hay pruebas de lo contrario.
Perder la conciencia, pensó Gisela.
¿De verdad alguien tan perdido puede seguirla durante varias cuadras y elegir el sitio exacto para embestirla?
Eso no era estar inconsciente. Era estar demasiado consciente.
Pero sabía que los policías harían su trabajo, y si hasta ahí habían llegado, no podía presionarlos más.

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