Estos años, Nelson no solía fumar mucho. De hecho, solo fumaba un cigarro después de tener una pesadilla como la de esa noche.
Recargado en el cabecero de la cama, bajó la cabeza y exhaló el humo, formando nubes que se disipaban en el cuarto oscuro. Sus cejas marcadas y su mirada aguda dejaban ver una impaciencia casi imperceptible, una inquietud que latía bajo la superficie.
¿Cuántas veces había tenido ya ese mismo sueño?
Había perdido la cuenta.
En sus sueños, siempre estaba parado en la playa, rodeado por un océano que no parecía tener fin. No muy lejos, se encontraba una mujer. Siempre era ella.
Era Gisela, abrazando una urna con cenizas.
Gisela estaba de perfil, cabizbaja, tan delgada que parecía que el viento podría llevársela en cualquier momento. Su silueta se veía marchita, como una flor completamente seca.
Ella permanecía al borde del agua, y aunque la marea apenas cubría sus tobillos, Nelson sentía que en cualquier segundo ella podría ahogarse.
Así que comenzaba a caminar hacia Gisela, gritándole mientras se acercaba:
—Gisela, vuelve, no te acerques tanto, regresa, es peligroso.
Pero no importaba cuánto avanzara, nunca lograba llegar a su lado. Era como si estuviera caminando en el mismo sitio, y la distancia entre ambos nunca cambiaba.
No estaba lejos, pero tampoco podía acercarse.
Y no importaba cuánto la llamara, Gisela parecía no escuchar nada.
La desesperación le recorría el pecho. Corría hacia ella, estirando la mano con todas sus fuerzas, llamando su nombre con voz temblorosa.
Tal como en todas sus pesadillas, Gisela no dudaba ni un segundo: abrazando la urna, se metía en el mar, decidida, dejando que el agua salada la cubriera paso a paso, hundiéndose hasta desaparecer.
Sentía como si le arrancaran las entrañas, con un dolor tan agudo que incluso los huesos le temblaban.
Antes, el sueño no se sentía tan real, pero en esta ocasión, la angustia y la impotencia parecían tan vivas como si todo hubiera ocurrido de verdad.
Nelson cerró los ojos un rato, pero el malestar seguía ahí, creciendo en su pecho.
Agarró el celular, sin importarle la hora. Le mandó un mensaje a su asistente:
[Investiga en qué anda Gisela últimamente.]
Como era de madrugada, seguramente el asistente seguía dormido y no respondió de inmediato.
Nelson no insistió. Sostuvo el celular un rato, repitiendo el ritual de siempre después de una pesadilla: abrió el navegador y buscó el nombre de Gisela, revisando una a una las noticias para enterarse de lo que ella había estado haciendo.
En esos días, Gisela y Códice Avanzado habían lanzado un nuevo juego: Mi Amiga Rosita.
Cuando Nelson vio la noticia, sus dedos se detuvieron unos segundos. Recordó que, antes de lanzar el juego, Gisela había ido a buscarlo para pedirle los derechos de Coneja Rosita. Pero él no había aceptado, no le había dado lo que ella quería.

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