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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 700

Hace unos días, Pedro había estado igual que ahora: en cuanto ella se alejaba un poco, él la seguía, la vigilaba de cerca, imposibilitándole hacer cualquier cosa con tranquilidad.

Sin embargo, también había momentos en los que Pedro se mostraba tolerante con ella. Por ejemplo, le permitía que, cuando Thiago se ponía muy inquieto, ella pudiera llamarlo para tranquilizarlo.

Por suerte, solo faltaban cuatro días. Dentro de cuatro días, Romina terminaría de pagarle todo lo que le debía a Pedro.

Romina apretó la palma de su mano con los dedos y, haciendo un esfuerzo, logró forzar una sonrisa.

En ese momento, Katia se levantó de la alfombra y se lanzó a los brazos de Romina, su vocecita sonó dulce y tierna.

—Mamá, ¿a dónde fuiste?

Romina se inclinó para abrazar a Katia, dándole unas palmaditas en la espalda para calmarla.

—Fui a hacer una llamada, mi amor, pero ya estoy de vuelta, ¿ves?

Pedro, que venía detrás de ellas, aflojó la corbata. Tenía una leve sonrisa en los labios y sus ojos reflejaban una calidez extraña mientras observaba la escena de madre e hija abrazadas.

La imagen irradiaba una ternura absoluta.

Eso era justo lo que él siempre había anhelado y que, hasta ahora, nunca había podido tener.

Katia frunció los labios y, abrazando más fuerte el cuello de Romina, habló de nuevo en ese tono tan infantil:

—Mamá...

Romina respondió con un murmullo:

—¿Qué pasa, mi amor?

Katia bajó la cabeza y confesó, sintiéndose muy apenada.

—Mamá, ¿por qué no puedo llamarte mamá cuando estamos afuera?

La sonrisa de Romina se congeló por un instante.

Katia susurró con un hilo de voz, como si tuviera miedo de escuchar la respuesta.

—¿Es porque no me quieres? ¿Por eso tardaste tanto en venir a verme?

Desde que Katia nació, Pedro la había consentido y protegido como un tesoro. Nunca la había visto tan triste ni tan vulnerable.

Pedro solo observaba, pero sentía un nudo en la garganta.

—Sí, mamá. Yo sé guardar secretos. Nadie más lo sabrá.

Romina le sonrió y le revolvió el cabello con cariño, animándola.

Después de tranquilizar a Katia, Romina levantó la vista, con el corazón acelerado, para ver la reacción de Pedro.

El rostro de Pedro era impenetrable. No mostraba ninguna emoción, sus ojos oscuros clavados en ella, imposible adivinar lo que pasaba por su mente.

Romina tragó saliva y decidió no volver a mirarlo.

Se quedó un rato jugando con Katia, pero a las ocho y media en punto sonó el timbre del celular.

Era la hora acordada entre Romina y Thiago.

Como Romina pasaba tanto tiempo de viaje por trabajo, Thiago le había pedido que todas las noches a esa hora hablaran por teléfono durante media hora.

Romina sacó el celular y lanzó una mirada suplicante a Pedro.

Pedro seguía igual, sin expresión alguna, de pie detrás de Romina. No decía nada, ni se acercaba ni se alejaba; simplemente la observaba con una mirada distante.

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