Gisela no respondió de inmediato.
—¿Creen que todavía importa cómo conseguí esa información?
Dejó que el silencio pesara, regalándoles unos segundos para digerir la situación. Observó cómo las caras de Nicolás y Lola iban cambiando, la inquietud dibujándose en sus gestos. Al final, logró calmarse un poco, respiró hondo y se mantuvo firme.
Nicolás la miró con recelo.
—¿Qué quieres de nosotros? No entregaste todas las pruebas, ¿verdad? ¿Nos quieres amenazar para que hagamos algo por ti?
Lola se armó de valor y le gritó a Gisela:
—Nosotros ni siquiera hemos visto esos papeles que tienes. ¿Por qué deberíamos creerte nada más porque tú lo dices? No pienses que puedes venir aquí a engañarnos.
En ese instante, el celular de Lola comenzó a sonar.
El tono retumbó en el aire, inesperado, pero los tres sintieron de inmediato que ese llamado no era casualidad.
Lola sacó el celular, leyó el nombre en la pantalla y su expresión cambió. Se lo mostró a Nicolás, que lo leyó y asintió con un gesto pequeño, lanzando una mirada rápida a Gisela.
—Ve a contestar allá —le susurró Nicolás.
Lola asintió en silencio, apretando el celular en la mano.
Gisela no hizo nada por detenerla.
Lola se apartó un poco y respondió, hablando rapidísimo.
—Señorita Romina, tengo que contarle algo.
La voz de Romina llegó igual de apresurada.
—Ya sé lo que me vas a decir, ¿alguien los denunció, verdad?
—Sí —Lola contestó de inmediato—. Está aquí en la escuela.
Romina sintió que el mundo se le venía encima. Rechinó los dientes, frustrada.
—¿Es Gisela?
Lola abrió los ojos un poco sorprendida, y tras asegurarse de que Gisela no estaba cerca, bajó aún más la voz.
—Sí, ¿la conoce? Trajo un montón de papeles y dijo que nos iba a denunciar. Ya entregó todo en la escuela. ¿Qué hacemos?
Cuando colgó, Lola sintió que el corazón le latía más tranquilo.
Guardó el celular y volvió con Nicolás, colocándose a su lado.
Gisela los miraba, viendo cómo Lola le decía algo al oído a Nicolás. Los dos ya no se veían tan asustados.
Nicolás levantó la barbilla, desafiante.
—Mejor vete, no pienso seguirte el juego.
Gisela sonrió con calma.
—Así que ya recibieron ayuda, ¿no?
No necesitaba pensar mucho para suponer quién estaba al otro lado del celular de Lola. Seguro era Romina.
Con la confianza renovada por las palabras de Romina, tanto Nicolás como Lola ya no tenían interés en seguir discutiendo con Gisela. Se dieron media vuelta, dispuestos a marcharse.
Pero la voz de Gisela los detuvo.

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